Fotos y vídeo por Ana María Abruña
Un letrero con la frase “Fuera AES” da la bienvenida a la casa de Margarita Velázquez Alicea. El cartel, sujetado a uno de los portones de la residencia, no es solo un reclamo, sino también una consigna de vida.
Hace alrededor de 13 años, después de múltiples visitas a salas de emergencia, de exámenes y revisiones médicas, Velázquez Alicea fue diagnosticada con la Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica (COPD, en inglés). Fue un padecimiento que la tomó por sorpresa –nunca fumó ni tenía historial de enfermedades respiratorias– y que atribuye a las cenizas y emanaciones de sustancias tóxicas de la carbonera Applied Energy Systems (AES), que abrió su planta de carbón en Guayama en el 2002.
Diversos estudios, entre ellos uno de la Escuela de Salud Pública del Recinto de Ciencias Médicas de la Universidad de Puerto Rico, encontró que las tasas de enfermedades crónicas como el cáncer y las enfermedades respiratorias se habían duplicado en la zona entre los años 2016 y 2018. Estos hallazgos sugieren una correlación entre la exposición a las cenizas de carbón de AES y problemas de salud significativos, sobre todo en las mujeres de las comunidades afectadas.
La planta de AES está ubicada a un kilómetro en línea recta de la residencia de Velázquez Alicea, en la calle Margarita, esquina Amapola, sector Miramar, en el barrio Puente de Jobos, donde diariamente llueven las cenizas de la carbonera.
“Me crié en Manhattan y cuando cursaba el noveno grado regresé a mi pueblo natal de Guayama”, relató la guayamesa de 74 años de edad.
En la escuela superior de la “Ciudad Bruja” conoció a José Miguel “Cheo” Vázquez, con quien contrajo matrimonio hace 57 años. Su esposo laboró por 12 años en la Policía y un accidente de motora lo forzó a retirarse a temprana edad. Con muchos sacrificios, Margarita y Cheo establecieron su hogar en la barriada Miramar hace 52 años, donde criaron a sus hijos José Miguel, Iris y José Antonio, así como a Valentín, hijo de crianza, quien al igual que José Miguel, falleció en su adultez.
En la década de 1970, la pareja adquirió el terreno y poco a poco fue levantando la casa en hormigón. Para correr los gastos familiares, montaron un colmadito en la barriada Miramar, que mantuvieron por 16 años. Ella laboró también como dependienta en varios comercios en Guayama, hasta que una caída le obligó a pensionarse del Seguro Social. Pero sería la llegada de la planta AES, en el 2002, la que cambiaría el curso de su vida.
Alrededor de 2011, Margarita comenzó a sentir en su casa fuertes emanaciones. “Recuerdo que un día se escapó algo en el aire que olía diferente… No podía dejar de toser. Eso era tose, tose, estornuda, estornuda”. Su esposo la llevó a la sala de emergencia del hospital de Guayama, donde le dieron medicamentos para la tos, incluyendo una pompa, que no le hicieron nada.
Margarita recordó que esa primera semana no podía hacer prácticamente nada, pues tosía día y noche. “Seguía tosiendo y estornudando sin parar… Volvimos a la sala de emergencia y me dieron otra pompa diferente, pero seguía igual o peor. Fui tres sábados corridos a la sala de emergencia en Guayama”, relató desde la sala de su hogar, donde vive prácticamente encerrada, con las puertas y ventanas clausuradas.
Al pasar el tiempo y no sentir mejoría, acudió a su doctora de cabecera, la generalista Rosa Martínez, quien tiene oficina en el barrio Puente de Jobos. “Le conté lo que me había pasado, ella me mandó a hacer una placa de pecho y ahí salió que tenía COPD, una enfermedad crónica de los pulmones”. La doctora le hizo un referido a un especialista, y en 2012, logró una cita con el neumólogo Nestor Flores, en Guayama, quien al ver los resultados le preguntó cuánto tiempo hacía que fumaba.
“Me quedé asombrada… Le dije que yo nunca había fumado, que mi esposo no fuma ni nadie en mi casa ni mis vecinos. Le dije que nadie por aquí fuma. Me mandó a hacer la prueba de resistencia pulmonar y enseguida me puso en un tratamiento”, narró Margarita. El galeno le mandó a pedir una máquina de terapia respiratoria, que desde 2015 tiene que utilizar como parte del tratamiento médico. En la sala de su casa, sobre una mesita, está la máquina, así como una ristra de medicamentos que tiene que ingerir.
“Ahora estoy estable, pero no puedo estar en ningún sitio donde haya alguien fumando o haya humo ni olores fuertes porque enseguida empiezo a toser. Mi esposo no puede usar perfume. Cuando viene un olor fuerte de allá (señala a la planta AES), ese olor me da a mí primero y me tengo que encerrar en el cuarto a darme una terapia”, explicó, quien resiente no poder salir al patio a respirar “aire puro”.
Para asegurar que la habitación mantenga el aire acondicionado en medio de los apagones de luz, que también afectan el humilde sector, su hija les instaló placas solares en el techo.
“Jamás pensé que iba a padecer de COPD, yo tengo otras condiciones, pero en mi familia nadie padece de COPD. Yo no sabía hasta dónde iba a llegar esto, yo creía que era una alergia, algo pasajero”, sostuvo la guayamesa, quien no tiene dudas que su condición está directamente ligada a las cenizas de la planta de carbón de AES
“Tiene que ser eso porque aquí antes el aire era puro, hace muchos atrás hasta las frutas que uno sembraba (eran buenas) porque ahora aquí hay palos de guanábana y cuando mi esposo va a buscar una, tiene una costra negra por encima”, aseguró.
Acceso limitado a servicios de salud
Aunque cuenta con el Plan Vital del gobierno y Medicare platino, que le cubre medicamentos, Margarita ha enfrentado obstáculos en el acceso a servicios médicos y a la hora de conseguir citas. “La doctora de cabecera me da citas de seguimiento cada dos o tres meses. Si me siento mal llamo a la oficina y, si ella cree que es algo que me tiene que ver, me dice que vaya a tal hora porque ahora los doctores no son como antes que uno podía ir sin cita”, indicó.
A pesar de sufrir de una condición de cuidado y de haber acudido tres veces corridas en busca de servicios a una sala de urgencias, no tuvo acceso inmediato a un especialista. Tuvo que ir primero a una doctora generalista para luego esperar unos meses por una cita para ser atendida por un médico especialista. También tuvo que aguardar un tiempo para que le llegara la máquina de terapia.
“Estos medicamentos son bien costosos. Si yo no tuviera el Medicare por el Seguro Social, que pagué con mis años de trabajo, yo no podría comprar esas medicinas. Una pompa vale $300 y yo no podría pagarla”, sostuvo quien laboró durante tres décadas en diversos comercios de Guayama, como cocinera del programa Head Start y en el colmado familiar.
La carbonera cambió su calidad de vida
Pero el miedo, la ansiedad y la inseguridad que vive Margarita, no hay medicamento que se lo pueda quitar. Las emanaciones tóxicas de AES han afectado su calidad de vida y la de su familia, quienes tienen que respirar diariamente aire contaminado. “De momento sale como un ruido que sabemos que es de la planta porque está ahí. Es como si despegara un avión. A veces le digo a Cheo que eso puede explotar porque es un ruido bien fuerte y el olor que sale también es bien fuerte. Es un olor bien desagradable, es una peste peor que la de la gasolina”, describió.
Añadió que después que percibe el mal olor le viene el ataque del COPD. “El doctor me ha dicho que si uno no se cuida con el tiempo tiene que caminar con oxígeno y yo no quiero que eso me pase… El doctor Flores me ha dicho que no puedo estar en ningún sitio donde haya olores fuertes, que no puedo bregar con detergentes fuertes”, abundó para luego agregar que lo que siente es como si “me pusieran una careta en la cara que uno no puede respirar”.
“Yo tengo que buscar a dónde voy a respirar porque si no, me voy a morir. Entonces, lo que hago es meterme en el cuarto que está bien sellado porque tiene screens plásticos. Me meto ahí, cierro la puerta y prendo el aire. Es la única forma, y usando los medicamentos”, remachó Margarita.
La mujer denunció que lejos de mejorar con los años –AES ha sido multado en varias ocasiones por la Agenda federal de Protección Ambiental (EPA, en inglés) por incumplir con el proceso de monitoreo de sustancias tóxicas– las emanaciones de cenizas han ido empeorando.
“Por eso asumí que era de la fábrica porque antes, cuando (la planta) no estaba, yo no tenía nada y podía respirar bien”, recordó.
Decepcionada con la extensión del contrato
Las esperanzas de Margarita estaban en que el contrato del gobierno con AES vencería en el 2028, pero la Cámara de Representantes –por petición de la gobernadora Jenniffer González– aprobó un proyecto de ley que lo extendería hasta el 2032. Esta decisión permitirá que la planta siga operando y quemando carbón, generando toneladas de cenizas que amontonan frente a la planta y que continuarán empeorando las condiciones de salud de los residentes de las comunidades aledañas.
“Me he sentido bien decepcionada porque yo esperaba que se fuera, no es que yo quisiera que los empleados se quedaran sin trabajo, yo no quisiera eso, pero por lo menos que el ambiente cambie, que el aire sea puro como antes…”, lamentó.
Además de afectar sus vías respiratorias, dijo que los contaminantes de la planta le producen malestar en los ojos, ardor y visión borrosa.
“No estoy mucho afuera, solamente lo necesario. Si estamos limpiando algo, tenemos que terminarlo rapidito y si sale el olor, uno tiene que dejar lo que estaba haciendo. Si no puedo respirar me puedo morir… A veces mi esposo me dice: ‘Margie está oliendo muy fuerte’ y me meto para el cuarto. Mi único escape es el cuarto”, afirmó.
Margarita Velázquez Alicea no debería vivir confinada en su hogar, pero no tiene otra opción, no le han dado otra que no sea contemplar por la ventana de su hogar el paisaje que le obligan a respirar.