Nota de la editora: Esta es la cuarta y última historia de una serie que trabajó Todas en colaboración con Coordinadora Paz para las Mujeres y su revista Voz de Voces. La serie aborda la violencia sexual en las comunidades de fe en Puerto Rico.
Foto de Ana María Abruña Reyes / Ilustración de Nicole Hernández- Buenaaas Creativo
Estigma, vergüenza, silencio y miedo a cuestionar al liderato eclesiástico son algunas de las barreras que impiden una mayor apertura en la discusión y erradicación de la violencia sexual en púlpitos y congregaciones religiosas.
En algunas denominaciones ha habido avances en el desarrollo de programas educativos dirigidos a laicos y religiosos, pero todavía los cambios son lentos, advierten lideresas de diversas iglesias del país.
Históricamente, en todas las iglesias, tanto protestantes, pentecostales, como católicas, ha habido una dicotomía entre lo físico y lo espiritual. La iglesia nunca ha querido bregar con las cuestiones sexuales y muy lentamente ha comenzado un proceso de reflexión para entender la problemática, porque si alguien arrastra los pies es la iglesia”, apunta Carmen Alicia Nebot, presidenta del Distrito Norte de la Iglesia Evangélica Unida de Puerto Rico.
La también presidenta de la Junta de Gobierno de la Iglesia Evangélica Unida, congregación calle Arzuaga, Río Piedras, sostuvo que reconocer el patriarcado ha sido un proceso “extremadamente” lento en la Iglesia. “A través de las teologías de liberación, de las teorías humanista, feminista y la teología mujerista se ha ido creando la conciencia del lado femenino, del lado maternal de Dios, que está clarito en la Biblia; lo que pasa es que no abundan en él. Poco a poco ha ido moviéndose la institución hacia una apertura, a entender mejor las cosas”, dice Nebot.
Como ejemplo del cambio, menciona que su congregación suscribió un acuerdo colaborativo con Taller Salud para comenzar a ofrecer adiestramientos a hombres para tener una masculinidad saludable. “El programa se llama A fuego lento y creo que es un paso importantísimo el que los hombres reflexionen entre sí porque, cuando hay mujeres presentes, no quieren hablar del machismo. El patriarcado y el machismo afectan tanto al hombre como a la mujer porque te tienen castigado en unos roles. Es una prisión en la que tú estás. Son seis talleres que están empezando y ha sido un trabajo inmenso reclutar hombres, no quieren…”, desmenuza la feminista.
Aunque reconoce que ha habido avances, recalca que todavía hay que derrumbar barreras porque el patriarcado está incrustado en la cultura, en la religión. “Está en todo, está bien metido dentro de uno. Es bien difícil educarte porque tienes que reaprender, y todo eso, toma tiempo”, abunda Nebot. Explica que el grupo inicial, entre los que hay laicos y pastores, no llega a una decena.
“La idea es que estos hombres se capaciten para que ellos, a su vez, puedan capacitar a otros hombres dentro de la iglesia, que se vaya regando la voz y los primeros se entusiasmen para que la gente se anime. Estamos empezando con un proyecto piloto en el área metropolitana para luego expandirlo a nivel isla”, detalla.
La facilitadora comunitaria subraya que, en algunas denominaciones, impera “el silencio” que impide se reconozca en su dimensión el problema de la violencia sexual. “La sociedad impone mitos y la mujer cae atrapada. Por ejemplo, si tienes iglesias conservadoras donde el pastor es esa imagen de poder que no puedes tocar, te aterras. Entiendo que en todas las denominaciones y en todas las iglesias existe esa problemática porque existe el miedo y hay que ir derrumbando esa barrera. Eso se hace mediante talleres y mediante la educación. Que las mujeres entiendan qué es la violencia sexual, que empiecen a entender la problemática, porque a veces tú estás en una situación y ni siquiera te das cuenta de que te están hostigando”, alerta. Agrega que en muchas iglesias fundamentalistas “del ombligo para abajo no se habla”.
Sin embargo, dice que el problema de violencia sexual en comunidades de fe “es gravísimo” y que hace falta mucha educación. “El Departamento de Educación ha perdido un tiempo precioso, porque tú le tienes que enseñar a los niños, desde pequeños, que hay equidad, que nadie es superior a nadie. Si no educas desde que es un niño, estás desarrollando un potencial abusador, porque vivimos en una sociedad tremendamente violenta. Lo ves en la televisión, en los periódicos, en los juegos que los niños juegan, que son violentísimos. Es un problema muy grave porque el varón tiene la idea de que la hembra le pertenece, de que es un objeto, y hasta que no la vea como su igual, vamos a tener la problemática. Es una cuestión de educación constante. La educación con perspectiva de género no es una ideología, es un sistema de aprendizaje”, remacha la líder evangélica.
Más conciencia sobre el tema
Para Sara González, otra líder laica de la Pastoral de Mujeres de Justicia y Género, aunque todavía hay barreras, ha habido evolución en el tema de violencia sexual.
“Hay menos miedo, pero sigue habiendo miedo para cuestionar al liderato religioso y pienso que puede haber vergüenza. Si una mujer es víctima de acoso se le puede hacer difícil apalabrarlo. Esos puntos que se han discutido una y otra vez, siguen estando presentes, pero más atenuados. Siempre hay miedo porque hay muchas mujeres que no están articuladas en el problema y creo que todavía hace falta educación para que se atrevan a hablar, pero pienso que ha habido una evolución positiva. No estamos en el punto que estábamos en el 2000”, sostiene González, de una congregación bautista.
También considera que se trata de un asunto generacional y que hoy día hay más conciencia sobre el problema. Dice que mujeres pastoras, que están muy conscientes de lo que está pasando, hablan del problema desde sus púlpitos. “El tabú lo va a haber siempre porque falta mucha educación todavía, sobre todo a los varones, sobre masculinidades no tóxicas, masculinidades alternativas. Hay hombres que todavía piensan que el feminismo es un asunto de las mujeres, que ellos no tienen que bregar con eso. Hay barreras y nosotras las mujeres no podemos quitar el pie del freno. No estamos todavía en comunidades seguras”, acota.
En otras denominaciones, como la congregación islámica de Puerto Rico, las víctimas enfrentan también barreras culturales, y cuando son migrantes, callan por temor al discrimen y la xenofobia.
“Hay personas que tienen muchos prejuicios por nuestra religión musulmana. Para la comunidad islámica hay un prejuicio de parte de algunos profesionales de la salud que van a atender esos casos. No digo siempre, porque hay mucha gente bien responsable, pero hemos tenido malas experiencias y hay una desconfianza general. Cuando estoy trabajando con trabajadores sociales, ellos asumen que yo soy víctima, que mi esposo es un agresor, asumen mil cosas sin yo decir una sola palabra”, ejemplifica Sumayah Soler, directora del Colectivo Interreligioso de Mujeres de Puerto Rico.
“Hay muchos estereotipos; no hay empatía. Muchas mujeres de mi comunidad no ven a los servicios del Estado ni a los recursos que ofrecen muchas organizaciones privadas como lugares confiables, y eso es una encerrona, porque la comunidad podría no tener las herramientas para trabajar con el problema”, apunta la lideresa musulmana, quien comparte que ha vivido las malas experiencias cuando ha tenido que servir como traductora a mujeres árabes en casos en corte.
“Si el proceso es intimidante, para una extranjera es el triple. Generalmente, muchas veces, son mujeres palestinas que vienen de territorios ocupados, cuya experiencia con la policía no es agradable porque son de control israelí, y esas experiencias les causan un terror terrible”, describe Soler, quien entiende que todavía queda mucho camino por recorrer para lograr la justicia que merecen.
A pesar de las barreras que enfrentan las comunidades de fe para derribar los miedos y los estereotipos, estas lideresas de diversas denominaciones están abriendo camino con sus acciones. Ya sea hablando, creando programas u ofreciendo servicios, son ellas las que, con fe y conocimiento, apuestan por una vida justa y digna para todas las mujeres.





