Fotos por Ana María Abruña Reyes
Mucho antes de que se acuñara en escena el término cuir y de que se hablara de performance e interseccionalidades en el arte puertorriqueño, ya estaba Viveca Vázquez.
No estaba sola, como nunca lo ha estado, pues para ella el arte es un hacer colectivo. Quizás por eso rehúye de la palabra pionera y de todas esas clasificaciones que priorizan unas formas de hacer sobre otras. Pero cuando repasamos la historia de la escena artística experimental en el país, su nombre no puede pasar por alto.
Durante cuatro décadas, Viveca ha formado no solo a bailarines y artistas, sino a una diversidad de estudiantes a través de su cátedra en la Universidad de Puerto Rico (UPR), Recinto de Río Piedras, institución de la que se despide jubilosa este año. Para celebrar ese cierre en su vida académica, Viveca presentará Indocente, un concierto de trayectoria que se llevará a cabo este viernes, sábado y domingo en el teatro Julia de Burgos.
Hablar de género y de todas sus interseccionalidades en esta época no es una rareza artística, pero en la década del ochenta, cuando la coreógrafa y bailarina irrumpió con fuerza en el escenario universitario nacional, era algo radical. Viveca puso en el centro de su práctica artística temas como identidad, género, colonialismo, provocando e incomodando a través de su “no baile bailes”, con el que retaba los convencionalismos de la danza. Piezas como Mascando inglés (1984), Las fumadoras (1987), En-Tendido (1988), Mast-Urbana (1989) y Kan’t Translate/Tradúcelo (1992), por solo mencionar algunas, son una muestra de ese trabajo irreverente con el que logró una forma de hacer muy suya y muy nuestra.
En el escenario universitario, como profesora de humanidades y danza moderna, Viveca desarrolló un modelo pedagógico de conciencia corporal e improvisación que no requería entrenamiento en ballet clásico. Esto abrió la puerta para que estudiantes de diversas disciplinas pudieran acceder a un pensamiento desde y con el cuerpo.
“Siempre le digo a mis estudiantes que uno baila lo que uno es. El cuerpo guarda tus vicisitudes, pero guarda también tus anhelos y tus sueños”, comparte una mañana desde su oficina en el edificio Jaime Benítez Rexach —el nuevo— de la Facultad de Estudios Generales de la UPR en Río Piedras.
Hemos quedado aquí para conversar sobre su trayectoria en el contexto de su jubilación y para hablar de Indocente, una despedida en tres gestos que incluye a sus estudiantes, a dos artistas contemporáneos —nibia pastrana y Pelé Sánchez— y a ella misma. Sí, Viveca vuelve a bailar en escena con un estreno. Afirma que es un “reto enorme”, y que no sabe en lo que se ha metido, pero que está contenta. La incomodidad siempre ha sido lo suyo.
Una de las primeras cosas que aclara al iniciar la conversación es que se va de la UPR “jubilosa, contenta y agradecida”. La decisión de jubilarse, cuenta, fue orgánica. Empezó como una incomodidad matutina, ese momento en que pensar en el trayecto al recinto ya no se sentía igual. “Cuando empecé a sentir que ya no era tan cómodo, pensé que me estaba llegando el momento”, recuerda. Para alguien que enseña desde el cuerpo, seguir en contra de lo que el cuerpo decía era una contradicción que no estaba dispuesta a sostener.
Hubo otras razones. La mayoría de sus colegas ya se han ido y la universidad ha cambiado. Aunque Viveca se declara “pro iupi” sin titubeos, no esquiva la crítica. Los cambios de gobierno y lo que llama “las pocas vergüenzas” que le han hecho a la universidad han dejado su marca. Aun así, insiste en que la UPR fue generosa. “Sobre todo por su gente, no por sus estructuras”, aclara.
Cuando se le pregunta qué universidad deja, advierte que no quiere caer en la nostalgia. Pero la respuesta llega igual. A la UPR que conoció al entrar la miraba con buenos ojos buena parte del país; había una aceptación “lógica”. Esa relación, piensa, se rompió, y les toca a los propios universitarios, incluyéndose, preguntarse las razones. La universidad sigue ofreciendo los mejores grados del país, subraya, pero “la politiquería ha sancionado ese espíritu y ha mancillado la búsqueda de un pueblo educado”.
Ni tan decente ni tan inocente
Quien conoce su obra sabe que Viveca nombra sus bailes jugando con las palabras. Indocente no es la excepción. Suena a indecente, suena a inocente, y carga además una broma sobre sí misma, sobre los años de lucha por convertirse en docente con plaza, de la que ahora se despide para volver al mundo sin etiquetas institucionales.
También es la forma en que asume este momento de su vida. “Jubilarse tiene un estigma para alguna gente. Se piensa como algo deprimente […], alguna gente se ve obligada a jubilarse por temas de salud, pero yo soy agraciada porque me estoy yendo activa en mi campo profesional”.
La indecencia del título también es estética. “La danza es una disciplina de mucha reverencia y yo creo que mi juego más oportuno es desligarme de esa reverencia tan formal y buscarle el rigor a la irreverencia misma que te puede conducir a lugares nuevos de la disciplina, a seguir experimentando”, explica para luego agregar que ser tan decente tampoco le parece algo interesante.
Esa irreverencia atravesará el concierto de este fin de semana. Sus estudiantes más avanzados montan Textos para nada, de Samuel Beckett. Pelé Sánchez y nibia pastrana retoman Mira y qué, un dúo sobre la amistad íntima que Viveca concibió originalmente con la bailarina Alejandra Martorell. Y ella estrena una pieza que solo describe como “un comentario geopolítico”. “Yo no puedo moverme como yo me movía antes, pero me puedo mover como no necesariamente mucha gente se quiere mover hoy en día, porque la vida social nuestra es para no movernos”, precisa.
Hacer este acto de despedida está cargado de simbolismos. Es una carta de agradecimiento a la institución que tanto le ha dado, a sus estudiantes, a sus colegas profesoras, pero también es una celebración para volver al origen. “Empezó a preocuparme un poco que algunos estudiantes de los últimos años me conocen más como profesora y no como artista”, comenta.
“Ahora es mi momento de regresar a dedicarme enteramente a la cuestión artística. Creo que he cumplido una larga tarea que me ha dado muchos frutos”, agrega.
Viveca nunca imaginó una carrera académica, pero sale de la UPR como catedrática de Estudios Generales, una plaza que solo fue posible tras un largo debate político e ideológico sobre si una artista podía ser profesora. Sabemos el resultado.
Su camino hacia la danza, como en la academia, tampoco fue lineal. De niña tomó clases de muchas disciplinas, incluido ballet, cuando su madre podía pagarlas. Pero su formación fundamental, llegó con Pisotón, el colectivo que cofundó a finales de los setenta junto a las maestras Petra Bravo, Awilda Sterling, Gloria Llompart y Maritza Pérez, mujeres que ya despuntaban con sus propias maneras de hacer. Allí descubrió que “no es lo mismo ser bailarín que darte cuenta que tú puedes ser creador”. En ese espacio coincidieron militantes políticas, gente de la Nueva Trova y de las luchas comunitarias, y de esa mezcla surgieron los temas que la definirían. “No fue una decisión individual”, insiste. “Tú mezclas ese tipo de personas con gente que maneja disciplinas y deseos artísticos y vas a tener un producto creativo que hable de esos temas. Es inevitable”.
Con esa experiencia de protesta desde el cuerpo se fue a Nueva York, donde encontró escuelas y talleres de lo que entonces se llamaba trabajo experimental y completó una maestría. Sus profesores le repetían que su fuerte era lo creativo. “Me di permiso a que mi búsqueda fuera cómo yo aprendo a hacer lo que a mí me da la gana de hacer, pero hacerlo con virtud técnica”, recuerda. A su regreso, el maestro y bailarín puertorriqueño Otto Bravo la buscó porque tenía el grado para enseñar en la UPR, donde gestaba un bachillerato en danza que nunca llegó a concretarse.
En ese transitar, Viveca creó Taller de Otra Cosa, del que saldrían artistas como Teresa Hernández, Eduardo Alegría y Javier Cardona, y el festival Rompeforma, que codirigió con Merián Soto entre 1989 y 1996.
Toda esa labor fue reconocida en 2013 por el Museo de Arte Contemporáneo de Puerto Rico con la retrospectiva Coreografías del error: CONDUCTA, siendo la primera vez que una institución museística reconocía la danza experimental como arte contemporáneo. Viveca da crédito a quienes allanaron ese camino, como la académica Susan Homar y el artista experimental Nelson Rivera, quienes insistieron en mirar su trabajo, y la danza, de igual a igual con las demás disciplinas artísticas. “Yo sí creo que la danza ha sido relegada. Yo creo que es un arte que todavía no tiene tanto espacio. Pero no pierdo la fe porque hay mucha gente involucrada en esto, que son artistas, que son insistentes, y no lo van a dejar caer”.
Un baile sobre género
Otro elemento que distingue su obra es la participación constante de mujeres y de cuerpos feminizados en escena. En sus piezas aparecen esos cuerpos en complicidad, eco de la comunidad de mujeres de opinión política firme que la ha acompañado a lo largo de su trayectoria. “Yo he tenido la virtud de rodearme con mujeres elocuentes, mujeres de mucha opinión política pesada, mujeres de mucha sabiduría comunitaria y creo que hemos creado una comunidad que entra, sale, se disipa para otros lugares, pero siempre lo que nos une es la cuestión política porque ¿cómo tú vas a ser artista en Puerto Rico y no estar involucrada en las luchas sociales, si este país todos los días tiene una necesidad nueva?”, cuestiona.
Señala que cuando comenzó a trabajar sus piezas en la década del ochenta, contó con muchas personas que le ayudaron a descifrarlas, entre ellas menciona a las profesoras María Isabel Quiñones y Carmen Luisa González, quienes abrieron el programa de Estudios de Mujer y Género de la UPR de Río Piedras. Fueron ellas las que se le acercaron a decirle que lo suyo era un baile sobre género. Luego le siguieron otras voces, como su querida Mara Negrón —ya fallecida— y Mabel Rodríguez Centeno, quienes también le dieron nuevas lecturas a su trabajo. “Todo eso es escuela”, destaca Viveca, quien se ha movido por todo el recinto, saltando entre cursos de danza, performance y género, y humanidades.
“Soy interfacultativa full, y antes de que se pusiera de moda”, comparte con esa ironía y picardía que lleva atravesada en la lengua y la mirada.
Por eso, cuando piensa en sus estudiantes, no solo piensa en los de danza, sino también en los de humanidades básica, un curso en el que ha procurado abordar las humanidades desde múltiples experiencias. “Eso es fundamental porque ahí es que tú induces a los estudiantes a que les guste pensar, les guste la investigación, les guste reflexionar sobre la problemática de lo que están viviendo como ciudadanos puertorriqueños. Eso es un privilegio”, sostiene.
La despedida y el futuro
A días del estreno de Indocente, Viveca confiesa que tiene “muchísimo miedo”, pero que está lista y que espera que llegue público para acompañarla.
¿Qué sigue después para Viveca?, se le pregunta. “Ya tengo uno o dos guisitos, pero no los voy a ventear”, comparte con una risa traviesa. Piensa también en remontar algunas piezas de su repertorio, sobre todo, para beneficio de los bailarines más jóvenes. Pero va poco a poco.
“Son cuarenta años… Mucho tiempo”, reflexiona, como asimilando esa nueva realidad.
Admite que no sabe muy bien cómo se vive sin ir a dar clases a la universidad, pero está segura que pronto el cuerpo se lo dirá. Cuando se le cuestiona quién es la Viveca que entró y quién es la que sale de la UPR, no duda en afirmar: “Entré como una artista independiente y me voy como una artista independiente”. Quizás ahí, en esa respuesta, está el futuro.
Indocente se presentará este viernes y sábado, a las 7:00 p.m., y el domingo, a las 5:00 p.m., en el teatro Julia de Burgos de la UPR de Río Piedras. El evento es libre de costo y está abierto al público general.



