Fotos por Ana María Abruña Reyes
Si algo se sabe del dolor es que no cabe en una sola palabra. Es un lenguaje que le pertenece al cuerpo, y narrarlo resulta un ejercicio insuficiente. Gran protagonista de la vida, se aloja en los lugares más recónditos. A veces, se esconde tierno y silente, y otras, se muestra todopoderoso, convertido en grito.
Pero el dolor tiene rutas ocultas, misterios, que irremediablemente nos llevan a tratar de descifrarlo, enfrentarlo, retarlo. Ahí, se impone la palabra.
La periodista y escritora Ana Teresa Toro conoce bien esa tensión. Como muchas y como tantas, ha vivido el dolor en diferentes formas. Sabe del dolor que deja un vacío por dentro, pero también del que te quiebra hasta el tuétano, aunque venga con ramificaciones de tejidos silvestres y disfrazado de poesía.
En 2023, Ana Teresa se sometió a una compleja cirugía en la que le extirparon la mayor parte del pulmón izquierdo debido a una malformación genética llamada secuestro pulmonar. La operación llegó a tres años de haberse convertido en madre y en pleno proceso de separación. Los meses que la antecedieron y los que le siguieron fueron un gran hiato en su vida, con secuelas de profundo dolor físico y emocional.
De todo ese proceso, surgió Secuestro pulmonar, su más reciente libro, publicado por Seix Barral. Más que un testimonio, es una autobiografía del cuerpo, un ensayo que, como bien dice la contraportada del libro, invita a pensarnos desde la carne para indagar en ese extraño proceso que es ver curar una cicatriz.
Pero el libro es algo más. También es un recorrido por todos los dolores que habitan el cuerpo de una mujer. Esos dolores que laceran, que se minimizan, se silencian, se ignoran, pero que combatimos a rabiar, así sea con una falsa sonrisa.
“Para mí, el dolor es una experiencia social, comunitaria y colectiva”, dice Ana Teresa una tarde húmeda en el Jardín Botánico de Río Piedras, ese pulmón verde que todavía sobrevive en este pedazo de San Juan.
“La forma en que un cuerpo experimenta el dolor no es una decisión que se toma fuera de un control social. Y cuán rápido o lento tú puedas atravesar esa cueva de dolor y llegar a un mejor lugar depende de muchas cosas que no tienen que ver contigo”, agrega.
Por siglos, por ponerlo poético, se ha minimizado el dolor de las mujeres, y lo acaba de confirmar la ciencia. Una revisión reciente publicada por la revista Science, y reseñada por el periódico El País, concluye que el dolor es un síntoma que afecta de forma desproporcionada a las mujeres. No es un invento. Las estadísticas están ahí. No es que seamos débiles, changas o víctimas.
Pero todavía no se nos cree. Y cuando finalmente logramos que se nos crea, nos encontramos atrapadas en un sistema que nos falla.
Cuando Ana Teresa salió de su cirugía, despertó con un dolor físico intolerable. No podía hablar ni emitir sonido, pues, como dice, “el dolor puede convertirse en el más tremendo de los tapabocas”. No había medicamento que la aliviara lo suficiente. Y si lo había, sabía que tenía que esperar, entre protocolos médicos y desconfianza.
Así le pasó aquella mañana en que, retorcida del dolor en una camilla en el pasillo de un hospital, tuvo que aguardar hasta la madrugada para que le administraran un parcho de fentanilo. La enfermedad la atrapó en medio de la crisis de opioides y de un “sistema zarapastroso” que deja a tantas en una larga lista de espera, sobreviviendo como se pueda.
Ser un columpio
Lo que jamás imaginó Ana Teresa es que el poema que llevaba años leyéndole a la gente, Los columpios, de Fabio Morábito, se transformaría en carne para aliviarle el dolor cuando salió de su cirugía.
Postrada en aquella cama, sin poder hablar, vio acercarse a una enfermera y un enfermero. Con precaución, le movieron los múltiples cables que la atravesaban y la sujetaron en el aire, cada uno por un lado. Enseguida comenzaron a mecerla, a arrullarla, a columpiarla. Ese acto colectivo, cargado de una ternura feroz, fue la medicina que la devolvió a la vida. Esa imagen fue con la que decidió quedarse de todo ese proceso.
“Ellos no tenían que hacer eso…”, afirma la escritora, quien encontró en ese gesto una forma de amor, de belleza y de respeto por el oficio de cuidar, pero también la posibilidad de darle un sentido propio a lo vivido. No el de las frases hechas, como que todo pasa por una razón, sino el que ella misma eligió. Escribir le devolvió autoridad sobre su historia, y la experiencia dejó de dominarla.
“A veces, uno escribe todas las páginas que puede para llegar a una frase que uno dice, ‘¡por fin! todo lo que escribí valió la pena por esta frase’. Y esa frase se encuentra en la página 135 del libro y dice: ‘Amar es querer ser un columpio para el otro’”, comparte.
La escritura de este texto lo comenzó como una forma de poner orden al caos, primero en un blog personal donde iba procesando la enfermedad. Fue la cronista peruana Gabriela Wiener quien la invitó a escribir sobre su experiencia para un libro que estaba armando. Ana Teresa lo intentó, pero la herida todavía estaba abierta, en carne viva.
Dos años después de la cirugía, empezó a reunir recuerdos y escenas, y descubrió que la historia era más larga y compleja de lo que pensaba. Un primer proyecto, entre la ficción y la no ficción, no llegó a concretarse. La memoria, en cambio, fue tomando forma de diario íntimo.
Con el impulso del editor Cristóbal Pera, se impuso plazos estrictos. Terminó el manuscrito el año pasado, en una escritura intensa y emocional durante las fiestas de fin de año.
“En algún momento, me planteé si tenía sentido escribir algo tan íntimo”, confiesa la periodista, quien admite que narrar desde la primera persona el dolor y la vulnerabilidad no fue sencillo. Pero tenía claro que no quería caer en la autocompasión ni en la victimización como sentencia e identidad primaria.
“Para mí, esta experiencia es un capítulo flaquito en la novela larga que va a ser la historia de la vida, y lo quería contar para sacármelo del cuerpo”, agrega.
El dolor, insiste, es un lugar que hay que visitar, que no conviene evadir, pero en el cual no hay que regodearse. “El dolor como parte de la condición humana, pero como una parte que no tiene que definir cada aspecto de tu existencia”, afirma. En una cultura que tiende a poner el dolor en el centro, ella recuerda algo sencillo y es que a todo el mundo le duele algo. El suyo no es más especial por ser suyo. “Esa relación con el dolor, de que tú no me gobiernas, yo te administro, es el acercamiento que quise tener”.
Por eso, insiste en que lo que narra es una experiencia rara, pero no necesariamente especial. Si el libro tiene alguna singularidad, está en la honestidad con que está contado.
Aunque lo concibió como una obra íntima, lectores y críticos han encontrado en Secuestro pulmonar una metáfora del país. Ven en sus páginas la subordinación política, la violencia de género y la precariedad económica. Como escribe la autora en el libro: “En nuestra historia como país el cuerpo social es un cuerpo colonizado, invadido y ocupado”.
La vanidad salva
Ana Teresa resalta durante la conversación que pudo sanar gracias a una red de familia y amistades, y a unas condiciones que no todas tienen.
Parte de esa red fue un salón de belleza. Fue allí el día antes de la operación, y su hermana volvió a llevarla después. Esas mujeres le aliviaron muchos dolores.
“Tengo una amiga muy sabia, que entiende muy bien el dolor, que siempre me decía que la vanidad salva”, recuerda. Después del divorcio y de la enfermedad, refugiarse en la vanidad se volvió un oasis. Se puso muy flaca y se veía distinta. “Yo veía esas faldas largas, las flores y la maranta, y me quería afeitar la cabeza, porque esa ya no era yo”, confiesa.
En el salón, se fue moldeando de nuevo. Allí se encontró con ese cuerpo que había cambiado, le encontró belleza y le devolvió la posibilidad del placer. “Fue un espacio que me permitió un encuentro con este cuerpo que cambió y encontrarle belleza, devolverle la posibilidad del placer, que también es una de las formas más poderosas de abandonar el dolor”, comparte.
La derrota y la libertad
El libro está atravesado por muchas historias, entre ellas la violencia sexual que vivió hace casi 20 años mientras estudiaba en Barcelona, y la relación de las mujeres con sus cuerpos, desde donde tantas veces se construye una identidad femenina. En su testimonio, incluso, cuestiona los feminismos que la formaron, solo para afirmar desde dónde los vive en la actualidad.
“Si el libro tiene algo valiente es eso… Porque fue una admisión del fracaso de algunas ideas en las que más profundamente creía, y fue una admisión de preguntarme realmente si aquello que viví como libertad era una libertad o era una cárcel”, reflexiona.
Sigue defendiendo el derecho a la libertad absoluta, para ella, para las que están y para las que vendrán. Pero reconoce que mucha de su búsqueda de libertad sexual tenía más de performatividad que de deseo propio.
“Admitir eso es una gran derrota, y una derrota dolorosa y vergonzosa y, hasta cierto punto, un poco humillante, porque uno piensa que ha vivido en libertad y todo el tiempo ha estado en una especie de cárcel de su propia creación”.
Hoy la respuesta que ha encontrado está en el cuerpo. “Ahora, en lugar de mi mente guiar tanto el cuerpo, es el cuerpo quien cuestiona a mi mente”. Esa conciencia se parece más a la libertad que quiere. Es menos dogmática y más honesta.
Antes, la mente dictaba la conducta, como si apoyar ciertas ideas la obligara a vivirlas de una manera única. “Viví así mucha de mi juventud y no me salió bien la jugada”, admite.
“Pero bueno”, dice, y sonríe, “ahora estamos en otro lugar”. “Estamos aquí, en el jardín, tomando el viento”. Lo dice una mujer que respira con menos pulmón, sentada en este espacio verde de una ciudad que también ha aprendido a respirar con lo que le queda.





