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Los peligros de protestar en el 2026

He estado pensando en protestar. En el acto mismo de protestar ante tanto que me punza la piel desde adentro.

Es esta rabia que todos sentimos —avivada a diario de mil formas distintas— la que se desborda, pacífica, en las calles de este país dormido de amor y de la brisa de los abanicos en las marquesinas, en tardes premiadas con electricidad y agua. 

Pero es que creo que no durará mucho más la calma. Ya hemos visto lo que pasa cuando la rabia no se canaliza. Cuando no protestamos y no convertimos esa rabia en acción colectiva: el daño encuentra otras salidas. Se redirige. Se desvía. Y siempre —siempre— termina cayendo más fuerte sobre quienes enfrentan las condiciones de mayor vulnerabilidad: los cuerpos feminizados, las mujeres, los niños, los ancianos, las personas queer, las personas trans, las personas pobres.

Y eso es lo que me urge a escribir esto: no solo estoy abogando por la protesta como herramienta general de cambio. Estoy abogando porque entendamos que, para las mujeres, protestar es una forma de autodefensa.

Porque eso es lo que ocurre cuando se suprime la protesta: la rabia, sin cauce, se filtra por las grietas más débiles.

No es culpa nuestra. Nos han adiestrado a no protestar. Nos han enseñado que callar es sobrevivir. Que quejarse es ingrato. Que llorar es vergonzoso. Que protestar es un crimen. Más aún a las mujeres. El mandato de silencio es más fuerte para nosotras. Y también lo son las consecuencias.

Entonces, no repitamos los patrones patriarcales que tanto nos siguen oprimiendo. Para que no se repita la historia y suban los niveles de la violencia de género como desquite. Como pasó tras María. Durante el COVID. Durante las crisis económicas, las alzas, los apagones, la falta de acceso médico.

No va a ser fácil. Ya lo escucho en las voces que repiten ese discurso viejo, peligroso y fascista de que protestar es de vagos, de criminales, de gente dramática. Que si te quejas, estás exagerando. Que si protestas, eres violenta.

Y me asusta por los demás y por mí, porque —verás— yo nunca he sido de las que se quedan calladas. Cuando me pellizcan, grito. Por más que intentaron enseñarme a no hacerlo.

Mi fallido entrenamiento en el estoicismo comenzó en el útero. Continuó en la infancia. No llores. No hagas “show”. No “montes” un escándalo. No respondas aunque el cinturón te arranque un pedazo de piel. “Pero yo no hice nada” sería responder. Una falta de respeto más, digna de un castigo “de verdad”.

Y más tarde, en el trabajo, lo mismo. No acudas a Recursos Humanos. No te quejes si eres mujer. Mucho menos si eres mujer negra, migrante, o feminista. No intentes sindicalizar. No digas que algo está mal. Si lo haces, serás despedida. Eliminada. Marcada como problemática. Como malagradecida. Porque todo el sistema —desde el hogar hasta el gobierno— nos entrena para quedarnos calladas.

Y eso es lo que quiero que veas: que esta rabia no es personal. Es estructural. Y que el silencio también lo es.

Cuando nos roban la capacidad de protesta, incluso el deseo de hacerlo, la rabia no desaparece. La canalizamos mal. La descargamos donde no corresponde. En quienes nos aman. En nosotras mismas. Repetimos el patrón de la masculinidad tóxica aprendida y así el ciclo se perpetúa: la violencia pasa de ser estatal a ser íntima. Privada. Silenciosa. Y los cuerpos más vulnerabilizados pagan el precio.

Por eso, defender el derecho a protestar no es opcional. Es urgente. Porque la alternativa es que esa violencia, reprimida, nos termine explotando adentro.

Por eso me estoy preparando. No por paranoia. Sino porque sé —sabemos— que en cualquier momento algo va a pasar que nos saque a la calle de nuevo. Algo que ya no podamos ignorar. Algo que nos empuje a gritar con otres. A tomar partido.

Así que estoy haciendo mi lista:

  • zapatos cómodos 
  • copias de mis identificaciones 
  • información médica visible en el cuerpo 
  • mascarilla, ya no por el COVID, sino por lo que pueda lanzar un efectivo policial 
  • un trapo húmedo, agua, leche de magnesia contra los gases lacrimógenos 
  • un número de emergencia por si me arrestan 
  • baterías para el celular, hotspot activado y aplicación para transmitir cualquier abuso en vivo y a todo color 
  • barras de chocolate o bombones para subir el azúcar 
  • sombrero, gafas de sol, pañuelos  
  • decirles a los míos que los amo antes de cada vez que salga a protestar 
  • un librito de poesía de Roque Raquel Salas Rivera, o de Frank Báez, o de las Yolandas: Yolanda Arroyo Pizarro y Yolanda Velázquez, para recordarme por qué lucho 

¿Ves? Esto no es fashion. No es performance. Es supervivencia.

Porque cuando se protesta, el Estado reacciona. Rápido. Brutal. No porque le sorprenda, sino porque sabe exactamente lo que está en juego: el control de la narrativa.

Y cuando denuncias al Estado —ya no solo a tu pareja, o a tu jefe, sino al poder en sí mismo—, ya no eres víctima. Ahora eres amenaza.
Una criminal.
Una feminazi.
Una agitadora.
Y eso hay que suprimirlo antes de que se vuelva contagioso.

¿Te suena familiar?

En 2016, Human Rights Watch lanzó la campaña “Las niñas buenas no protestan” para visibilizar cómo las mujeres que se atreven a denunciar violencia de género son perseguidas más duramente que los agresores.

En 2017, más de 20 estados en Estados Unidos pasaron legislación que restringe el derecho a protestar. Y tú estuviste ahí en 2020. Lo viste. Lo viviste.

¿Y ahora?

Hay esfuerzos nuevos, más sofisticados, más descarados, para callarnos otra vez. Para criminalizar la rabia. Para que volvamos a quedarnos dormidas de amor. Dormidas de miedo. Dormidas de aparente comodidad.

Pero no podremos.

Porque si algo nos enseñaron las protestas del verano de 2019, es que hay un límite. Un punto de no retorno. Y cuando ese punto se cruza, el cuerpo responde. La voz se activa. El miedo retrocede.

Así que no sé por qué estaremos protestando la próxima vez. Pero sé que lo haremos.

Sé que te dolerá quedarte en casa. Sé que tu rabia, como la mía, está buscando cauce. Por eso volveremos a gritar. No para destruir. Sino para protegernos. No para causar miedo. Sino para reclamar nuestro derecho a vivir sin él.

Porque lo que está en juego no es solo el derecho a protestar.
Es el derecho a vivir una vida sin violencia.

Y para nosotras, las mujeres puertorriqueñas, el verdadero peligro no está en protestar.
Está en no hacerlo.

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