En Puerto Rico no solo votamos: reaccionamos. La política contemporánea dejó de organizarse en torno a proyectos de país y se convirtió en una sofisticada operación de estímulos emocionales. El neuromarketing —esa disciplina que estudia cómo activar decisiones desde el miedo, la pertenencia o la esperanza— es hoy pieza central de la propaganda electoral.
Hace apenas unos años, el país se unió para destituir a Ricardo Rosselló. Durante su campaña, la narrativa lo presentó como el rostro moderno, casi mesiánico, de una nueva generación. Sin embargo, la filtración del chat reveló no solo vulgaridad y desprecio, sino también una cultura política desconectada del dolor colectivo. Aquella indignación masiva fue una lección histórica: el pueblo puede despertar.
Pero despertar una vez no garantiza inmunidad permanente.
En las pasadas elecciones, vimos desplegarse estrategias propagandísticas que apelaron al miedo, a la amenaza externa, a la narrativa del caos si “los otros” ganaban. Modelos de comunicación que recuerdan patrones autoritarios del siglo XX: simplificación extrema del mensaje, repetición obsesiva, construcción de enemigos y explotación de inseguridades económicas. No se debatieron planes de desarrollo sostenible; se activaron reflejos.
El resultado ha sido un país que muchos describen como un “sálvese quien pueda”: tierras vendidas al mejor postor, incentivos diseñados para atraer capital externo sin exigir arraigo y promesas de campaña que se diluyen mientras se benefician los círculos cercanos al poder. Cambian los nombres, no el modelo.
¿Cómo volvemos a elegir más de lo mismo?
La pregunta incómoda no es solo sobre quiénes gobiernan, sino también sobre nuestra vulnerabilidad colectiva. ¿Cuán susceptible está el pensamiento crítico del puertorriqueño colonizado? Décadas de dependencia estructural han instalado el miedo como eje de la toma de decisiones: miedo a perder fondos federales, miedo a la inestabilidad, miedo a imaginar alternativas. Cuando el miedo domina, el análisis se reduce y la propaganda encuentra terreno fértil.
El neuromarketing político no es magia; es ciencia aplicada a nuestras emociones. Segmenta audiencias, identifica ansiedades económicas, activa discursos de supervivencia. Si no desarrollamos la alfabetización mediática y política, seguiremos reaccionando desde la inmediatez, no desde la visión estratégica.
Puerto Rico necesita más que campañas efectivas; necesita un proyecto de país. Políticas públicas que fortalezcan a quien quiere quedarse, faciliten el retorno productivo de la diáspora e impulsen la soberanía alimentaria, la planificación territorial responsable, la economía solidaria y la producción local con valor añadido. Sustentabilidad no como eslogan verde, sino como arquitectura económica.
La esperanza no es ingenuidad; es el diseño intencional del futuro.
Por eso, la invitación es simple pero radical: detengámonos. Antes de compartir, de repetir consignas, de votar movidos por el impulso, conversemos. Dialoguen con sus amistades. Sean esa llamada incómoda al pensamiento crítico. Pregunten qué queremos y hacia dónde vamos. Las decisiones electorales no duran cuatro meses de campaña; moldean al menos una década de nuestras vidas.
El pensamiento crítico es un acto de resistencia. Y el futuro de los nuestros depende de ejercerlo.





