Foto de archivo de Ana María Abruña Reyes. Manifestación contra el megaproyecto Esencia, que se propone para Cabo Rojo, el 28 de marzo de 2026.
En todas las latitudes de Latinoamérica y el Caribe, en su mayoría mujeres negras, indígenas, pobres, trabajadores, campesinas, populares, rurales, de zonas urbanas, costeras y fronterizas sostienen y defienden la vida ante la escalada de despojo y el saqueo contra cuerpos, territorios y aguas. La violencia contra los bienes comunes naturales, de los cuerpos y los saberes que los habitan, cuidan y atienden, no es nuevo, pero con el avance de la derecha y el fascismo en colusión con empresas nacionales y transnacionales, atado al tecnofinanciamiento y el militarismo, ha arreciado el proyecto de destrucción de los modos de vida que sostienen el planeta.
El despojo es violento y expansivo. Aunque el ecocidio se está llevando a cabo hace muchos años, actualmente se implementa con una velocidad, rapacidad y crueldad particular. En Puerto Rico, no olvidamos la lucha encarnada contra la Marina en Vieques, donde aún perduran las consecuencias de los ejercicios militares sobre cuerpos, territorios y aguas viequenses. También recordamos la lucha de Tinti Deyá Díaz y Alexis Massol González, de Casa Pueblo, contra un proyecto de explotación minera en el centro de la isla que hubiera causado una catástrofe ecológica y social.
Pero hoy, en medio de una policrisis entrelazada con el saqueo de nuestras tierras y aguas, cada día nos enteramos de un nuevo y potencial desastre ecológico facilitado e impulsado por el gobierno, algunos municipios y la empresa privada: masivos desarrollos hoteleros y de viviendas de lujo en áreas cercanas a nuestros mares, ríos, manglares, humedales y dunas, como Esencia, en Cabo Rojo; Moncayo, en Fajardo; los proyectos de Ora World en al menos 12 pueblos como Loíza, Naguabo y Guayama; un estacionamiento multipisos en la playa de El Escambrón, en San Juan; el Paseo Lineal, en Rincón; el depósito de cenizas de carbón, en Peñuelas, o la amenaza que se cierne sobre el tesoro ecológico de la zona del karso, el acuífero más extenso de Puerto Rico y una de las fuentes más importantes de almacenamiento y filtración de agua. Muchos desarrollos están amparados por la nefasta e injusta Ley 22/60 que exime a personas que se mudan a Puerto Rico de pagar contribuciones. Y todo esto en medio de un planeta que se quema.
Tristemente, no estamos solos. En toda Latinoamérica y el Caribe, la extracción de metales, de litio, de petróleo y gas, los agronegocios y monocultivos, los proyectos hidroeléctricos que contaminan tierras y acuíferos, la usurpación de tierras y el desplazamiento de comunidades indígenas, negras, campesinas y pobres se extiende.
A esto, se suma la xenofobia, la gentrificación y la turistificación masiva que desplaza comunidades en zonas urbanas de nuestras cuidades, como en Río Piedras, Santurce y el Viejo San Juan. Y en años recientes, se ha unido la expansión tecnocapitalista con sus centros de datos que usan insólitas cantidades de agua y electricidad hiperescalando la capacidad de la inteligencia artificial a costa de nuestro planeta. En Palestina, no ha bastado un genocidio y la destrucción casi total del territorio, sino que Israel y Estados Unidos planifican construir megaproyectos y rascacielos sobre las ruinas, y los cuerpos enterrados en los escombros, de Gaza.
Algunas tácticas de los gobiernos de ultraderecha de la región en su pacto con empresas y multinacionales han sido el desmantelamiento de regulaciones estatales, los incentivos contributivos a empresarios y empresas extranjeras, la flexibilización de permisos, la reducción de los poderes o la eliminación de ministerios ambientales, la negación del cambio climático, el desprecio por acuerdos de gobernanza internacionales respecto al cambio climático, y el aumento de la criminalización de activistas y defensores de la tierra.
Les puertorriqueñes conocemos estas tácticas muy bien. El gobierno de Jenniffer González ha impulsado una ola de violencia contra nuestros ecosistemas, sus comunidades cuidadoras y, por ende, contra todes les que amamos esta tierra. La Reforma del Sistema de Permisos, que eliminaría medidas y precauciones administrativas necesarias antes de otorgar permisos, es solo una de las más peligrosas entre decenas de proyectos que se encuentran en diferentes puntos del trámite legislativo, otros que han sido aprobados, que facilitarán la destrucción ecológica, humana y no-humana, en nombre de un mal llamado “desarrollo” económico. Los conceptos de la antropóloga argentina Rita Segato de “dueñidad” y “pedagogía de la crueldad”, en medio de una conquista que nunca terminó y ha adquirido nuevas formas y manifestaciones, están más vigentes que nunca.
La conjunción cuerpo-territorio, conceptualizado por la pensadora Maya X’ink’a de Guatemala Lorena Cabnal, ha generado un inmenso legado conceptual y de praxis política floreciendo en movimientos, conversaciones, debates y textos en la región. La profunda riqueza generativa del cuerpo-territorio, que se ha expandido a cuerpo-tierra-territorio, cuerpo-agua-territorio, hasta “acuitorio”, centra la relación indivisible histórica entre los cuerpos de mujeres indígenas y la naturaleza. La conexión se da tanto en su relación de explotación y despojo, como de sus resistencias, reexistencias y luchas contra las violencias que forman parte del entramado moderno-colonial-capitalista-racista-patriarcal de extracción y saqueo de cuerpos, territorios, aguas, bienes comunes, saberes, e identidades. Así también han surgido una multiplicidad de conceptos desde los mismos movimientos de las defensoras de los territorios y las aguas para describirse, como feminismos comunitarios, territoriales, ecoterritoriales, ecofeminismos, decoloniales y anticoloniales. Algunas han rechazado el concepto “feminismo” por muchas razones, desde una crítica a una parte del movimiento feminista que ha sido racista, clasista, heterosexista y capitalista hasta por estrategia política o la creación de nuevos vocabularios. Dicen Sandra Rátiva-Gaona y Melisa Argento y Verónica Gago, y coincido, que más allá de definir si estos movimientos y defensoras son feministas o no, lo importante es la potencialidad de alianzas y confluencias de saberes y de prácticas, ya “que es menos importante si esas compañeras se dicen feministas, que reinventar feminismos capaces de incluir a esas compañeras en luchas tan importantes”.
Reconociendo la especificidad de las consecuencias devastadoras históricas y contemporáneas de larga duración del entramado que conjuga la pensadora Mapuche de Argentina Moira Millán de genocidio-terricidio/ecocidio-femicidio-epistemicidio de los pueblos ancestrales e indígenas, múltiples movimientos se han inspirado en la riqueza del concepto cuerpo-territorio para entender, apalabrar, luchar y acuerpar una multiplicidad de luchas y saberes. Porque parte de la riqueza de cuerpo-territorio es que permite conectar aspectos de género, sexualidades, raciales, geográficos y geopolíticos, afectivas y espirituales, en la defensa de la vida humana y no-humana.
El Colectivo Miradas Críticas del Territorio desde el Feminismo ofrece un marco para entender cómo se entrelazan las violencias de lo que llaman “la repatriarcalización de los territorios” que se constituye a base se cinco dimensiones: política, ecológica, económica, cultural y encarnada/corporal sobre los cuerpos de mujeres y cuerpos feminizados pobres y racializados”. En este contexto, recordamos las palabras de las feministas del desierto de Atacama en Chile que luchan contra el extractivismo rapaz, femicidios, desapariciones y el abandono institucional: “Porque aquí, como se trata a la tierra, se trata a las mujeres”. En Puerto Rico, también conocemos esa realidad de cómo se trata a la tierra, se trata a las mujeres. Nuestro territorio colonizado, y la actual venta frenética de cada pedazo, está íntimamente ligada al despojo y la violencia contra comunidades y cuerpos vulnerabilizados, siendo la altísima cifra de feminicidios solo una de las dimensiones más devastadoras. Cuerpos-territorios resisten en Cabo Rojo, Rincón, Aguadilla, Vieques, Loíza, Peñuelas, Fajardo, Río Piedras, Santurce.
La fuerza de cuerpo-territorio como infraestructura política ilumina las luchas de las mujeres negras/afrodescendientes de Latinoamérica y el Caribe contra el racismo estructural y en la defensa de sus tierras y aguas ancestrales.
La intelectual y poeta afrobrasileña Beatriz Nascimiento fue precursora de la conceptualización de los quilombos —comunidades cimarronas— tanto como una práctica política corporal como una geografía de transgresión y resistencia. Las comunidades negras en Loíza, las poblaciones garífunas en Honduras, Guatemala y Belice, pasando por los pueblos afrodescendientes del Pacífico y los palenques del Atlántico colombiano hasta los quilombos de Brasil, entre otras muchas otras, han estado históricamente cuidando, protegiendo, y atendiendo los territorios y las aguas que habitan en medio de campañas sistemáticas de desposesión por parte de gobiernos y empresas. Alianzas estatales y financieras de la ultraderecha han empeorado las condiciones de vida de estas comunidades. Latinoamérica es la región del mundo en donde más, por mucho, se asesinan y desaparecen a defensores de la tierra, siendo líderes y lideresas indígenas y afrodescendientes los más afectados. Y, aunque estadísticamente asesinan a más hombres, son las mujeres defensoras las que sufren un impacto diferencial como principales cuidadoras de la vida y objetos de ataques sexuales y acoso.
La conjunción de cuerpo-territorio no pretende ser esencialista definiendo una conexión “natural” entre las mujeres y los territorios, las aguas y los animales. Cuerpo-territorio es un concepto y una práctica política anticolonial, anticapitalista, antipatriarcal y afectiva que se construye, se piensa y se siente. Es pensante y afectiva. Es concreta y espiritual. Es íntima y planetaria. Imagina y acciona mundos alternativos. La defensa del cuerpo-agua-territorio es una de las trincheras de lucha más fundamentales ante la dueñidad, el despojo, el saqueo y la muerte que estamos viviendo.
En nuestro archipiélago, la Coalición Defiende a Cabo Rojo, Amigxs del M.A.R., El Puente, Escambrón Unido, Cuidadanos del Karso, la Cooperativa Hidroeléctrica de la Montaña, la Alianza de Mujeres Viequenses, Urbe a Pie y Comedores Sociales en Caguas, Casa Pueblo en Adjuntas, el Fideicomiso de Tierras del Caño Martín Peña, la Colectiva Feminista en Construcción, la Junta Comunitaria y la Cooperativa Torre de Sofía en Río Piedras, entre muchas otras, cada día sostienen y reparan la vida desde territorios barriales, comunitarios y nacionales. Estas comunidades y organizaciones conjugan infraestructuras políticas en su continua lucha contra el ataque a cuerpos-aguas-territorios que amenaza todas las manifestaciones de la vida. La construcción de otros mundos y futuros posibles es crucial. Se nos va la vida en ello.





