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Marisa Silva Meléndez y el arte de existir a todo color

La artista y profesora presenta Jevotas, su primera exhibición individual, donde los cuerpos voluptuosos y el color son un acto político de existencia

Fotos de Ana María Abruña Reyes

Tan pronto se baja de su carro, aparece el color. Su melena negra hace contraste perfecto con los tonos rojos que luce. Labios, uñas y cartera en charol, todo va perfectamente combinado con un veraniego conjunto rojo con detalles de flores blancas y unas vistosas sandalias con toques dorados. Lleva pulseras y sortijas de tono carmesí, y, en el cuello, luce dos corazones y una ficha de ajedrez: la reina.

Desde que comenzó su transición en el 2021, Marisa Silva Meléndez ha apostado por el color como forma de vida. Es un asunto de gusto, pero también un gesto político de visibilidad absoluta. Una forma de resistencia y de celebración frente a la homogenización y normativa estética que excluye y esconde.

“El color es cool; el color es bello”, afirma Marisa, ya sentada cómodamente con sus piernas cruzadas, desde la casa/galería El Cuadrado Gris, en Barrio Obrero (San Juan), donde, el pasado 8 de mayo, abrió Jevotas, su primera exhibición individual que presenta retratos en acuarela en los que explora el desnudo femenino a través de cuerpos gordos, voluptuosos, en total libertad y placer.

En cada una de las más de 20 piezas que forman parte de la muestra se percibe esa fascinación por el color. Marisa rompe con la tendencia actual hacia la neutralidad cromática para resaltar y exponer con brillantez, acentuando la feminidad gozosa. Y lo hace mirando a sus protagonistas desde su intimidad y cotidianidad: la sala, la cocina, el cuarto, el balcón y el patio. Desde un espacio doméstico clasemediero puertorriqueño que, pocas veces, ha sido representado con el foco en el cuerpo femenino voluptuoso, abierto al placer propio.

Marisa, quien es profesora en la Escuela de Artes Plásticas y Diseño, estudió fotografía y diseño. Durante muchos años, estos fueron sus principales medios de producción artística, pero, en el 2017, sintió el impulso de comenzar a dibujar para reconectar con técnicas táctiles. Se compró unas acuarelas, pinceles, libreta, y empezó a experimentar. Dos semanas después, llegó el huracán María.

En esos días posteriores al ciclón, Marisa convirtió su casa en un centro de encuentro. Invitaba a amistades, incluyendo exestudiantes, para conversar, compartir comida, divertirse con juegos de mesa y dibujar.

“Yo tenía una lamparita (de batería) de Costco que me había comprado por leche y poníamos eso en el centro de la mesa de mi balconcito y todo el mundo se sentaba alrededor y dibujábamos hasta las fucking dos de la mañana. Y ahí, pues, yo estaba empezando con las acuarelas”, narra, al rememorar otras instancias de ternura de aquella época que aún hoy la conmueven.

Lo primero que pintó, en esos días, recuerda, fueron mujeres, entre ellas las piernas de London Andrews, una modelo y pornstar de talla grande. Así, fue entrenando la mano hasta que se sintió cómoda en subir algunos de sus dibujos a sus redes sociales. Pero en poco tiempo, encontró la censura.

“Los desnudos artísticos en Instagram están permitidos, lo dicen las reglas, pero aun así siempre me tuvieron la cuenta shadowband para que no entraran personas nuevas a ver, no la ponían en los algoritmos. Estaban frowned upon (mal visto) esos desnudos. Y eventualmente, me la fucking cerraron (la cuenta), después de cinco años”.

Pero Marisa tenía todos esos dibujos guardados. Cuando la curadora, colega y amiga Anna Astor-Blanco los vio, le dijo que ya era hora de hacer una exhibición. Al inicio, lo pensó, pues muchas de las piezas las había firmado con su nombre muerto.

Maybe lo de hacer una exposición no lo había hecho por vaga, pero número dos, ya después que soy mujer me daba un poquito de vergüenza que todo el mundo viera mi firma vieja, eso estaba en el back of my mind […] Anna fue la que me empujó, la que me dijo: ‘Vamos a hacer esa exposición’. Y no sabía hasta que fue como ‘sí, puñeta, vamos a hacerla’… Pero me dio un frío olímpico”, comparte.

Como parte del proceso de la muestra, tomó la decisión de reafirrmarse artísticamente como Marisa. “Mi nombre de nene yo lo fucking taché”, dice acentuando cada palabra, para enseguida mostrarnos la borradura que se aprecia en algunos de los retratos que realizó previo al 2021.

Ese gesto afirmativo es parte importante de la exhibición, en la que también se aprecia un autorretrato, el primero que se realiza. Esta pieza es la más reciente con fecha del 5 de mayo de 2026.

“Me quería ver así, desnuda, pero con todas mis joyerías baratas, con los collarcitos, que se dieron cuenta ustedes que son estos, los de todos los días […] Quería verme upfront, con los mismos fondos así, caseros, normales, como las de las demás, pero un fondo bien colorido y una pose bien jeva, acentuando todas las curvas y como que orgullosa”, relata, mientras se observa.

“Quería ver el cuerpo de una mujer trans sin esconder una puñeta, como algo bello, y que se notaran estas mierdas de mi cirugía un poco mal hecha, tú sabes, los canulazos que hizo el doctor cuando me hizo la lipo (liposucción)”, agrega, al demostrar que esas supuestas imperfecciones están cargadas de historias, algunas dolorosas, pero también de belleza.

En la exhibición hay mucho de eso. Retratos hermosos, sensuales, divertidos, dulces, poderosos, que narran como un microcuento. Egisén en su cuarto, Poppy con sus amapolas, Berenice recostada en el sofá, Vilmarie desplegando, Violeta María en su cuarto, Mirelly pintando la pared de carmín o Casandra ajustándose las liguillas para salir durante la cuarentena.

Hay algo lúdico en cada una de esas piezas, un guiño a los cómics que tanto han influenciado a Marisa —como fue Heavy Metal, publicado en 1977—, pero también hay una profunda admiración por la diversidad de los cuerpos y una atención a los detalles: las venas, la celulitis, los pezones, las vulvas, las uñas de las manos y los pies, siempre decorados.

“Son nenas que están ahí living the best life”, comenta al mirarlas.

Son retratos de cuerpos feminizados, pero de una feminidad que, como dice Marisa, incomoda, sobre todo en esta época donde imperan los tonos claros, cremitas, que lejos de diferenciar, homogenizan.

“Hay un asunto con el color de que es de mal gusto, que es charro, que es ‘femenino’”, comparte. “Todas las chicas jóvenes están usando ahora botas y tenis, y botas gordas. Que esa es la nueva feminidad, pues sí, pero por qué la otra parece que es una debilidad, que es charra, que es boba, que es frívola”, reflexiona, al recordar que hay un asunto de género-clase-raza que también está ligada al color.

“Te tripean si sobresales”, afirma.

Ante la ofensiva gubernamental: el desborde

Y eso es justo lo que hace Marisa con esta exhibición: desbordarse. Hacerse presente y visible en cada uno de esos retratos, a través de gestos y detalles que también la habitan, porque, como dice, dibujar a otras también es autorretratarse.

En un momento donde el gobierno arremete contra las personas de experiencia trans con leyes y políticas que atentan contra su salud y seguridad, lo que está haciendo Marisa no es simplemente una exhibición, sino un acto político de decir aquí estoy, existo y este es mi cuerpo.

Obviamente que siente miedo. Ha pensado hasta en irse del país porque teme por su seguridad laboral, física y mental. Pero lo que más le preocupa son sus estudiantes, sobre todo los que tienen menos de 21 años y ahora temen no poder llevar a cabo sus tratamientos hormonales ni cirugías de reafirmación de género, como se establece bajo la Ley Núm. 63 de 2025, que firmó Jenniffer González Colón.

“Si yo hubiera sabido esto (los tratamientos hormonales) antes y no crecer seis nueve, no crecer size 11, no crecer la narizota, no crecer mi garganta y la voz profunda, no tener manos grandes […] eso hubiera sido lo mejor. Empezar a los fucking 12 años a cancelar la testosterona. Toda la gente trans sabe desde bien niña, y alguna, como yo, empieza en la pubertad. Pero no hay muchos estudios de esto porque nadie lo quiere estudiar, solo la gente aliada”, dice.

La contradicción cuando se trata de las personas trans, señala, es total. Y se refleja en los diversas proyectos de ley que están sobre la mesa, como los relacionados con el deporte. “Una mujer trans es demasiado fuerte y masculina para jugar deportes de mujeres, pero es demasiado débil y femenina para estar en el ejército. Tú sabes”, señala sobre la constante marginalización que enfrentan.

Pero ante ese panorama sombrío, Marisa vuelve al color. Siempre regresa al color y a la fascinación por esos cuerpos voluptuosos, que tanto le gustan. Luego de mostrarnos cada una de las obras, le preguntamos si continuará realizando estos retratos que le toman alrededor de 30 horas cada uno. Lo piensa y confiesa que, desde que comenzó su transición, ha bajado la producción de piezas. En la pandemia llegó a hacer una por semana, pero eso cambió.

“Al principio de mi transición, empecé a vestirme guapa y salir y empecé a hacer menos arte. Puede ser una doble cosa de que estaba saliendo (después de la pandemia) y ya no estaba en casa aburría, pero también puede ser un Freud de que ahora yo hago arte conmigo, me visto a mí, me pongo colores a mí, me siento jeva y voluptuosa bastante y no tengo el drive de pintarlas tanto. No sé si son las dos cosas”.

Quizás no importa cuál de las dos es. Lo que importa es que Marisa, de una forma o de otra, no ha parado de hacer arte. Solo ha cambiado el lienzo.

Jevotas estará en exhibición en la casa/galería El Cuadrado Gris, en Barrio Obrero (San Juan), hasta el 14 de agosto de 2026, aproximadamente. Para agendar una visita, puede escribir a elcuadradogris@gmail.com o llamar al (954) 261-7409.

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