Cada regreso a clases viene acompañado de listas. Uniformes, materiales, horarios, transportación, meriendas y actividades extracurriculares. Nos preocupamos por que nuestras adolescencias tengan todo lo necesario para comenzar un nuevo año escolar, pero hay una herramienta que pocas veces aparece en esa lista: poder hablar sobre sexualidad con personas adultas que les escuchen sin miedo, vergüenza ni juicio. Y no, no me refiero a sentarnos un día frente a nuestros hijxs para tener “la charla”. Esa conversación incómoda que comienza con “ya tú estás creciendo…” y que muchas veces termina hablando únicamente de embarazos e infecciones de transmisión sexual. La educación sexual no es una conversación que tenemos una vez. Son muchas conversaciones pequeñas que construimos durante toda la vida.
Hablar de educación sexual implica reconocer que nuestras adolescencias no reciben los mismos mensajes sobre sexualidad. A muchas niñas todavía se les enseña que deben protegerse, cuidarse, controlar cómo se visten y evitar “provocar”. Mientras tanto, muchos niños reciben mensajes que relacionan masculinidad con experiencia sexual, iniciativa, conquista y dificultad para expresar vulnerabilidad.
El problema es que estos mensajes también educan. Cuando ponemos toda la responsabilidad de “cuidarse” sobre las adolescentes, pero no enseñamos a los varones sobre consentimiento, corresponsabilidad, emociones y respeto por los límites, estamos reproduciendo desigualdades. Cuando enseñamos a nuestrxs hijas a tener miedo de su sexualidad y a nuestros hijos a demostrarla, tampoco estamos educando para relaciones saludables.
Por eso la educación sexual en casa debe ser mucho más amplia. Tenemos que hablar de consentimiento, pero también de poder. De anticoncepción, pero también de responsabilidad compartida. De relaciones sexuales, pero también de presión de grupo, diversidad, placer, emociones, respeto, pornografía, imágenes íntimas y relaciones saludables.
No esperes a que te pregunten
Uno de los errores más comunes es pensar: “cuando tenga preguntas, me preguntará”. La realidad es que muchas veces las adolescencias ya tienen información antes de llegar a nosotras. La encontraron en TikTok, en un grupo de amistades, en una serie, en pornografía o en una búsqueda de internet. Por eso no necesitamos esperar una gran pregunta para comenzar. Una noticia, una escena de televisión, una canción, un comentario sobre una relación o incluso algo que ocurre en redes sociales puede convertirse en una oportunidad. Podemos preguntar: “¿Qué piensas de eso?”, “¿Qué dicen tus amistades sobre este tema?” o “¿Qué harías si alguien que te gusta te presiona para hacer algo que no quieres?”.
Lo importante está en escuchar antes de corregir. Si cada conversación comienza con un regaño, eventualmente dejarán de contarnos. Y si nos hacen una pregunta que no sabemos contestar, podemos decirlo. “No sé, pero podemos buscar información confiable”. Admitir que no tenemos todas las respuestas no nos quita autoridad; puede enseñarle a una persona adolescente algo mucho más importante: cómo buscar información responsablemente.
Tenemos que preparar
Durante demasiado tiempo la educación sexual se ha construido desde el miedo: no quedes embarazada, no adquieras una infección, no envíes fotografías, no tengas relaciones sexuales. Claro que tenemos que hablar sobre riesgos. Pero si toda nuestra educación consiste en enumerar las cosas que no queremos que hagan, estamos dejando fuera las herramientas que necesitarán cuando tengan que tomar decisiones.
Una persona adolescente también necesita aprender a reconocer presión, comunicar límites, respetar un no, negociar protección, identificar relaciones controladoras, pedir ayuda, comprender que puede cambiar de opinión y saber que su cuerpo no le debe acceso a nadie.
También necesita saber que puede acudir a nosotras incluso después de haberse equivocado.
Quizás esa sea una de las conversaciones más importantes que podemos comenzar este Back to School. No una conversación diseñada para controlar su sexualidad, sino para acompañarle mientras desarrolla autonomía. Educar sexualmente no significa decirle a una persona joven qué decisiones debe tomar. Significa darle información, herramientas y un espacio seguro para que, cuando llegue el momento de tomar decisiones sobre su cuerpo, sus relaciones y su sexualidad, pueda hacerlo con mayor conciencia y libertad.
Al final, tal vez la mejor pregunta para comenzar no sea: “¿Cómo hago para que mi adolescente no tenga sexo?”. Quizás deberíamos comenzar preguntándonos: “¿Qué herramientas quiero que tenga cuando tenga que tomar decisiones sobre su propio cuerpo?”




