Hay algo de lo que hablamos muy poco cuando discutimos la crisis económica y es cómo impacta nuestra vida íntima. En Puerto Rico llevamos años hablando de deuda pública, austeridad, inflación, migración forzada, precarización laboral y salarios que no alcanzan. Pero casi nunca hablamos de cómo esas condiciones atraviesan nuestros cuerpos, nuestras relaciones y nuestra sexualidad. Porque la sexualidad no vive en una burbuja. Vive en el mismo cuerpo que paga la renta, cuida hijos, sostiene múltiples trabajos, lidia con ansiedad financiera y navega un país en crisis constante. Cuando el estrés económico se instala en la vida cotidiana, el deseo sexual muchas veces deja de ser prioridad. Y no porque el placer no importe, sino porque sobrevivir ocupa demasiado espacio.
El deseo también es político
Desde la sexología sabemos que el deseo sexual no es solamente biológico. Está profundamente influenciado por factores emocionales, relacionales y sociales. El estrés financiero crónico activa mecanismos de supervivencia en el cuerpo. Cuando una persona vive en incertidumbre económica, pensando en cómo pagar la luz, el alquiler o la compra del supermercado, el sistema nervioso prioriza la seguridad, no el placer. En otras palabras: cuando la vida se siente amenazante, el cuerpo no está en modo erotismo; está en modo supervivencia.
Esto explica por qué muchas personas reportan disminución del deseo sexual en momentos de crisis económica, desempleo o precariedad laboral. No es falta de amor ni desinterés por la pareja. Es una respuesta fisiológica y emocional al estrés prolongado. Pero reducir este fenómeno a un asunto individual sería simplificar demasiado el problema. Porque, en realidad, la pregunta es mucho más profunda: ¿cómo hablamos de sexualidad saludable y de buen sexo con una persona que está intentando sobrevivir a los atropellos del sistema? No se puede separar una cosa de la otra. Pretender que el erotismo florezca en un contexto de precariedad constante es ignorar que nuestros cuerpos responden al entorno en el que viven.
La economía también regula el placer
Las crisis económicas no afectan a todas las personas por igual. Y aquí entra una mirada feminista e interseccional que nos permite entender mejor el impacto. Las desigualdades económicas se cruzan con género, clase social, raza, orientación sexual y otras identidades, produciendo experiencias distintas de vulnerabilidad.
En el estudio The Protective Role of Couple Communication in Moderating Negative Associations Between Financial Stress and Sexual Outcomes (2021) se encontró que los efectos sostenidos del estrés financiero afectan de manera más aguda a las mujeres. Ante la incertidumbre material y económica, la carga mental aumenta y el sistema nervioso prioriza la supervivencia, desplazando biológicamente al erotismo. De forma complementaria, investigaciones sobre bienestar sexual y condiciones socioeconómicas señalan que la pobreza y el estatus socioeconómico no son simples “variables de fondo”, sino vías estructurales que crean profundas inequidades en la capacidad de experimentar placer. La falta de recursos materiales —como privacidad, tiempo libre o descanso— reduce el espacio para el deseo y convierte al placer en un bien que muchas personas experimentan como un lujo (Stephenson & Meston, 2022).
En Puerto Rico, las mujeres —y especialmente las madres— suelen cargar con una doble o triple jornada: trabajo remunerado, trabajo doméstico y trabajo emocional. Cuando la economía se precariza, esas cargas aumentan. Esto tiene consecuencias directas en la vida sexual. Muchas mujeres llegan a la cama agotadas, no porque no quieran intimidad, sino porque han pasado el día entero sosteniendo el mundo de otras personas.
A eso se suma la presión cultural que todavía insiste en que las mujeres deben ser cuidadoras, disponibles emocionalmente y sexualmente responsivas. Cuando el deseo no aparece, muchas sienten culpa. Pero el problema no es el deseo. El problema es la sobrecarga estructural.
El dinero también afecta la dinámica de poder en las relaciones
La crisis económica también puede alterar las dinámicas de poder dentro de las relaciones. La dependencia económica, por ejemplo, puede dificultar la negociación del consentimiento o de los acuerdos relacionales. Algunas personas sienten presión para mantener relaciones sexuales para evitar conflictos, sostener estabilidad económica o preservar la relación. En contextos de precariedad económica, el sexo puede convertirse en una moneda simbólica de estabilidad relacional: un intento de evitar tensiones, asegurar afecto o sostener una relación que ofrece seguridad material. Esto no significa que el deseo desaparezca, sino que el erotismo queda atrapado en dinámicas de negociación emocional, poder y supervivencia. Y cuando el sexo se vive desde la obligación o el estrés, el placer se vuelve más difícil de sostener.
Uno de los efectos más invisibles de la crisis económica es que el placer comienza a sentirse como un lujo. Las citas, los espacios de intimidad, los viajes, incluso la privacidad —todos elementos que pueden alimentar el erotismo— dependen en parte de recursos materiales. Cuando las personas viven en hogares hacinados, trabajan múltiples empleos o enfrentan horarios laborales extenuantes, el espacio para el deseo se reduce.
Hablar de sexualidad en medio de crisis económicas puede parecer trivial para algunas personas. Pero en realidad es profundamente político. Defender el derecho al placer es también defender condiciones de vida dignas. De hecho, los cambios demográficos que estamos viendo en Puerto Rico también reflejan estas tensiones estructurales. La tasa de natalidad en el país ha alcanzado mínimos históricos, situándose entre las más bajas del mundo con aproximadamente 0.9 hijos por mujer. En 2024 se registraron alrededor de 17,300 a 18,000 nacimientos vivos, una disminución drástica si se compara con los más de 50,000 nacimientos anuales registrados décadas atrás. Esto representa una caída aproximada de 70.2 % desde el año 2000.
Estas cifras no pueden analizarse únicamente desde decisiones individuales. También reflejan condiciones materiales, incertidumbre económica, migración, falta de seguridad laboral y cambios en las expectativas de vida de las personas. Sin embargo, mientras el país enfrenta esta realidad demográfica, también estamos viendo el surgimiento de medidas que intentan influir en las decisiones reproductivas de maneras que rara vez se nombran como tales. No siempre se presentan como políticas de reproducción forzada, pero en la práctica pueden operar como mecanismos de presión estructural: la obstaculización de los procesos de interrupción del embarazo, la desinformación en torno a proyectos de ley, la falta de acceso a educación sexual integral y las dificultades para acceder a métodos de prevención y anticonceptivos asequibles. Una sociedad donde las personas viven permanentemente estresadas, endeudadas y agotadas no solo limita el bienestar económico. También limita la capacidad de experimentar intimidad, toma de decisiones informadas, deseo y conexión.
Por eso hablar de sexualidad en tiempos de crisis es necesario. Porque nuestros cuerpos no están separados de la economía, de la política ni de la historia colonial que ha marcado las condiciones de vida en Puerto Rico. Nuestros cuerpos sienten todo eso. Y cuando un país vive permanentemente en supervivencia, también se precariza algo más que el salario: se precariza el descanso, la intimidad, el deseo y la capacidad de imaginar una vida digna. Quizás por eso la conversación que necesitamos no es solamente cómo mejorar nuestra vida sexual, sino qué condiciones sociales hacen posible el placer. Porque defender el derecho al placer también implica defender el derecho a vivir sin miedo constante a no poder sostener la vida.





