A diez años de la aprobación de la Puerto Rico Oversight, Management, and Economic Stability Act y a ocho años del huracán María, escuché al doctor Martín Guzmán en la Escuela de Derecho y sentí que la conversación, por fin, tocaba una herida abierta: la deuda no es solo una cifra; es una narrativa. Y las narrativas moldean países.
La conferencia, organizada por la Revista Jurídica, partió de una verdad incómoda: la reestructuración puede ser necesaria, pero nunca es suficiente. Guzmán explicó las asimetrías del sistema financiero global, cómo las reglas se redactan desde centros de poder y cómo la comunicación —sí, la comunicación— incide en los resultados de una negociación. No es un detalle menor: quien controla el relato, controla el margen de lo posible.
Días antes, fui entrevistada por estudiantes de PACE University en Nueva York. Sus preguntas sobre la “quiebra criolla”, la Junta de Supervisión Fiscal, la migración masiva tras María, el llamado “disaster capitalism” revelaban algo profundo: Puerto Rico ha sido contado hacia afuera con más claridad que hacia adentro. Mientras aquí se repetía “no hay chavos”, en Estados Unidos se estudiaba nuestro caso como ejemplo de austeridad colonial.
Las preguntas compartidas giraban en torno a quién se benefició con PROMESA, cómo se vivió María, qué papel desempeñaron las organizaciones de apoyo mutuo y si el país se convirtió en vitrina para inversionistas externos. Esa estructura, antes, durante y después, no es casual. Es la cronología emocional de una generación.
Desde el neuromarketing sabemos que la repetición de mensajes activa atajos cognitivos. Si durante años escuchas que tu país es inasequible, que la deuda es culpa tuya, que la salvación viene de afuera, terminas internalizando una narrativa de dependencia. La Junta habló en métricas financieras; el pueblo vivió en métricas de dignidad: escuelas cerradas, energía inestable, migración forzada.
Tras María, más de 250,000 personas se fueron. No fue solo un fenómeno demográfico; fue un mensaje colectivo: “Aquí no se puede”. Pero también emergió otro mensaje, menos difundido: el de las redes de apoyo mutuo, las cocinas comunitarias, las brigadas que reconstruyeron techos antes que el Estado. Ese relato de resistencia no contó con un presupuesto mediático.
Guzmán señaló que reestructurar la deuda libera espacio fiscal, pero sin un proyecto productivo no hay cambio de etapa. Yo añadiría: sin proyecto comunicacional tampoco. Necesitamos disputar el sentido común. La pregunta no es solo si hubo un “comienzo fresco”, sino quién define qué es la frescura en un país colonizado.
PROMESA ordenó papeles; no nos ordenó el alma colectiva. Ocho años después de María, seguimos reconstruyendo infraestructura y autoestima. Tal vez la tarea más urgente no sea financiera, sino narrativa: dejar de repetir que somos la generación de la crisis y comenzar a decir, con convicción estratégica, que somos la generación que aprendió a aprender y leerse críticamente.
Porque al final, la deuda también se paga en imaginarios. Y esos sí podemos renegociarlos.




