Advertencia de contenido: La siguiente columna habla sobre coerción sexual y violencia en el noviazgo. Puede resultar difícil de leer para personas que han vivido violencia sexual o abuso dentro de una relación. La agresión sexual es un crimen y es quien la comete la persona responsable. Aquí podrás encontrar recursos de apoyo. Esta columna ha sido publicada bajo un acuerdo de mantener confidencial la identidad de la persona que la ha compartido.
Cuando yo pensaba en violencia en el noviazgo, pensaba en gritos. En golpes. En tirar puertas o moretones visibles. Pensaba en la clase de violencia que se reconoce rápido, la que casi nadie se atreve a negar cuando la ve de frente.
Nunca pensé en la insistencia constante, la manipulación emocional, la presión para ceder, la culpa, el desgaste. Definitivamente, no pensaba en la coerción sexual.
Tampoco pensaba que me pudiera pasar con alguien a quien yo quería.
Esa fue una de las partes más confusas: no siempre sabemos qué hacer con la realidad de querer a alguien que también nos está haciendo daño. Yo lo quise. Confié en él. Quise creer en la versión de él que parecía sensible y consciente. Por eso me tomó tanto tiempo ponerle nombre a lo que vivía. Porque aceptar la violencia implicaba aceptar que alguien a quien quería eligió lastimarme.
Nos enseñaron a tenerle miedo al desconocido en la calle, al que te grita desde el carro, al que cruza los límites de forma evidente. Pero nadie me enseñó a identificar la coerción sexual cuando viene de tu pareja. Cuando viene del pana feminista del corillo.
Él no parecía peligroso. No encajaba en el perfil que solemos señalar. Era el que hablaba de consentimiento con seguridad, el que iba a las marchas, el que citaba autoras feministas, y corregía a otros hombres. Tenía reputación, discurso, credibilidad.
Aun así, ejerció violencia.
Esa es una de las razones por las que la coerción sexual se habla tan poco: no siempre se parece a lo que nos enseñaron a temer. No llega con una amenaza directa, no deja marcas visibles, no siempre ocurre con alguien que socialmente ya fue identificado como agresor.
A veces llega con insistencia. Llega con frases que desgastan.
“¿Ya no te atraigo?”
“Siempre me dices que no”.
“Me haces sentir que ya no me amas”.
No es visible, es una presión constante que va empujando el límite, aunque una esté diciendo que no. Aunque una se quede inmóvil. Aunque una llore.
Nos hacen creer que si no hubo fuerza física, entonces no fue tan grave. Que si era tu pareja, había una especie de permiso implícito. Que si eventualmente dijiste que “sí”, aunque fuera por agotamiento, entonces ya no cuenta. Que si no lo nombraste en aquel momento exacto, entonces tal vez lo entendiste mal.
Pero mi cuerpo lo entendió antes que mi mente.
Mi cuerpo se tensaba, se apagaba, salía de allí con una sensación de asco, de vacío, de suciedad, aunque mi mente todavía buscara explicaciones más fáciles de soportar. Mi mente quería proteger la historia que yo tenía de él. Pero mi cuerpo ya sabía antes de que yo pudiera verbalizarlo.
En Puerto Rico, y en muchos otros lugares, romantizamos la insistencia. La llamamos intensidad, la confundimos con pasión, la disfrazamos de deseo profundo. Pero a veces lo que hay no es amor: es una persona decidiendo que su deseo pesa más que tus límites.
Llegó el momento en que decir “no” una sola vez no bastaba. Ni dos veces. Ni tres. El “no” tenía que defenderse, justificarse, sostenerse como si fuera una tesis. Y yo me fui cansando, no porque hubiera cambiado de opinión, sino porque una se agota de proteger su propio límite frente a alguien que ya decidió ignorarlo.
Es una de las verdades más difíciles de decir en voz alta: a veces una dice que sí para que se acabe. Para que no haya pelea, que no amenacen con dejarte, que no te hagan sentir culpable, que no te castiguen con distancia.
Pero ese “sí” no nace del deseo. Nace del agotamiento.
Hubo momentos en los que yo estaba llorando durante el acto sexual y él continuó. No fue ambiguo. No fue confuso. Yo sollozaba.
Él no se detuvo.
Después, tampoco hubo cuidado, ni conversación.
Por mucho tiempo quise buscarle otros nombres. Suavizarlo. Pensar que fue una mala experiencia, una falta de sensibilidad, cualquier cosa menos violencia. Porque nombrarlo implicaba aceptar que alguien a quien quería decidió continuar, aunque yo estaba llorando. Toca reconocer que también soy sobreviviente de ese abuso.
Mis lágrimas no requerían una interpretación compleja.
Para mí, una de las partes más devastadoras no fue solo lo que pasó en privado. Fue lo que pasó alrededor. Lo social. El círculo. La reputación. Su personaje público.
Él siguió siendo el aliado. El que habla de consentimiento, el que aún participa de espacios donde yo alguna vez me sentí segura. El que tiene más amistades, más voz, más legitimidad en nuestro mismo círculo. Se el riesgo de hablar. Aún temo que su credibilidad social pese más que mi sufrimiento.
Ese miedo es sofocante.
Porque no solo una teme que no le crean. Teme que la minimicen, que la hagan sentir exagerada, que la conviertan en el problema. Que ese círculo cierre filas alrededor de él porque resulta más cómodo preservar al “hombre deconstruido” que mirar de frente el daño que hizo. También aparece otra pregunta, igual de dura: ¿quién se hace cargo de todo lo que esto rompe una vez una lo nombra?
Es más cómodo reducir la violencia a golpes y gritos, creer que tiene una cara monstruosa y reconocible, que alguien que se llama feminista no puede causar daño, que estas cosas dentro de una relación son simplemente “privadas”.
La coerción sexual no desaparece por existir una relación.
No se vuelve aceptable porque haya noviazgo.
No se convierte en derecho porque haya matrimonio.
No deja de ser violencia porque ocurra dentro de una relación “estable”.
Insistir después de un ‘no’ es violencia.
Seguir cuando la otra persona llora es violencia.
Usar el vínculo emocional para obtener acceso sexual es violencia.
Por eso escribo esta columna. Porque durante demasiado tiempo nos enseñaron a reconocer solo una versión de la violencia. Porque hay personas viviendo coerción sexual dentro de su relación y todavía no tienen las palabras para nombrarlo. Porque hay quienes siguen creyendo que la insistencia es una forma válida de seducción. No somos máquinas que dispensamos actos sexuales por estar en una relación.
La coerción sexual no es un malentendido.
No es intensidad romántica.
No es pasión.
La coerción es violencia.
La insistencia no es amor.
Mientras no estemos dispuestas y dispuestos a llamarla por su nombre, va a seguir ocurriendo en silencio, incluso dentro de las relaciones que se dicen ser más conscientes.
Escribo esto desde mi experiencia personal, pero se que no termina en mí. En Puerto Rico, la violencia sexual sigue marcando la vida de miles de personas. Datos recientes del Negociado de la Policía de Puerto Rico muestran que en 2024 el 78% de los casos de violencia sexual reportados en Puerto Rico fueron reportados por mujeres. A eso se suma las estadísticas oficiales registraron 1,386 víctimas de agresión sexual en 2024 y el grupo con más víctimas (66%) son menores de 17 años. Todavía hablamos poco de la coerción sexual. Tal vez porque incomoda o porque obliga a cuestionar demasiadas ideas sobre el amor, el consentimiento, y lo que ocurre dentro de una relación.
Si estás leyendo esto y estas palabras se parecen a tu historia, quiero que sepas que mereces apoyo y cuidado. En Puerto Rico existen recursos para ayudarte 24/7. En una emergencia inmediata, llama al 9-1-1. No estás sola.
Recursos en Puerto Rico:
Centro de Ayuda a Víctimas de Violación (CAVV): línea 24/7 al 787-765-2285. El CAVV ofrece y coordina servicios médicos y psicosociales inmediatos para personas sobrevivientes de agresión sexual y violencia doméstica.
Centro Salud y Justicia de Puerto Rico: llamada o texto 24/7 al 787-337-3737 para orientación y acceso a servicios para personas que han pasado por una experiencia de violencia sexual.
Oficina de la Procuradora de las Mujeres (OPM): línea de orientación al 787-722-2977.
Policía de Puerto Rico, Línea de orientación a víctimas de delitos sexuales: 787-343-0000, disponible 24/7.
Línea PAS de ASSMCA: 9-8-8, 1-800-981-0023 o chat, disponible 24/7 para apoyo emocional y consejería en crisis.
Orientación legal gratuita: el Poder Judicial mantiene un directorio de servicios legales gratuitos, y Ayuda Legal Puerto Rico ofrece asistencia en vivo por chat de lunes a viernes de 9:00 a.m. a 5:00 p.m.
Coordinadora Paz para las Mujeres (“Paz para la Mujer”): mantiene un Directorio de Ayuda con líneas de orientación 24/7, albergues y centros de servicio por región, útil para encontrar apoyo cercano y opciones de seguridad. También puedes comunicarte con su oficina al 787-281-7579 (lunes a viernes).




