Fotos por Ana María Abruña Reyes | Todas | todaspr.com
No pasa de los 13 años, pero ya está aquí, tomando la calle con su cuerpo en compañía de su madre, quien va vestida de ese verde combativo que, seguramente, desde pequeña ya asocia con esta lucha.
La timidez todavía se le cuela en la mirada y en esa sonrisa incómoda cuando saluda. En sus manos, carga un cartel tan verde como el del ajuar de su mamá, con un mensaje que resalta en letras blancas en mayúsculas, casi como un grito: “Niñas, no madres”.
Es un mensaje que conmueve, que mueve esa fibra profunda por lo simple y lo crudo. Ella no debería estar aquí. No debería estar exigiendo algo que pareciera obvio: una vida digna, con servicios de salud integral, con educación sexual, con derecho a decidir sobre su cuerpo. Pero está aquí, joven y combativa, porque está defendiendo su presente y su futuro. Porque apuesta a la vida. A la verdadera, a la tangible, a la que con el cuerpo, hoy toma el espacio público para reclamar: ¡Justicia, justicia, justicia reproductiva!
Y no está sola. A su alrededor, decenas de mujeres y personas gestantes, incluyendo niñes y jóvenes como ella, se van acomodando en uno de los carriles de la avenida Luis Muñoz Rivera, a la altura del edificio Darlington, en Río Piedras, para participar de la Marcha por la justicia reproductiva, convocada por una treintena de organizaciones feministas y de derechos humanos que hoy se unen en un reclamo en común: el derecho de todas las personas a decidir sobre sus cuerpos, su salud y su futuro.



En la marcha, se respira ese sentido de sororidad. Hay abrazos, sonrisas, gozo, pero también hay rabia y combatividad, esa que nace de la injusticia y que se libera con el reclamo, con la exigencia, con el “no vamos a dar ni un paso atrás”.
También, hay banderas verdes y violetas —símbolos del feminismo—, consignas y pancartas, como las que leen: “Nosotras parimos, nosotras decidimos”, “Acceso a información veraz sobre los anticonceptivos y las diversas formas de prevenir el embarazo”, “El aborto es un derecho humano”, “La que decide es esta que está aquí”, “En mi cuerpa mando yo”. No se trata únicamente del aborto, se trata de todo lo que está bajo amenaza, de todo lo que nos han quitado y nos quieren seguir quitando. Del control que el Estado quiere ejercer sobre nuestros cuerpos y decisiones, de las múltiples violencias que vivimos, de la precarización, del cierre de salas de parto, de la falta de servicios de obstetras, de la falta de condiciones dignas para maternar y para vivir, de la falta de educación… (y la lista sigue).
“¡Vamos acomodándonos!”, dice Rosa Cifrián, una de las organizadoras, mientras la guagua tumbacocos enciende los motores y Zoán Dávila Roldán, de la Colectiva Feminista en Construcción, toma el micrófono. En cada una de sus palabras se proyecta la fuerza que emana del poder colectivo, y que inyecta ese sentimiento de que aquí no se lucha sola, que esta rabia es compartida y organizada. Que los reclamos se cargan en la voz y en esta acción de tomar la calle y el espacio público porque también nos pertenece. Que si nos amenazan y nos violentan, respondemos todas y todes. Que no somos rehenes de nadie, y mucho menos de los políticos de turno que usan nuestros cuerpos como balón político. Que de eso sabemos, que reconocemos nuestras historias. Y que seguimos aquí.

“[…] lo decimos sin miedo, no vamos a permitir que legislen sobre nuestros cuerpos mientras destruyen nuestras vidas y nuestro país. No vamos a permitir que nos impongan maternidades y crianzas en medio de la precariedad. Vamos a defender nuestra autonomía, nuestra libertad y nuestra democracia, pero, sobre todo, nuestro derecho a vivir en dignidad. ¡Y que lo escuchen bien: que no importa que nos persigan, no importa que nos señalen, no importa que estén detrás de nosotras. No vamos a dar ni un solo paso atrás! ¡Ni un solo paso atrás! ¡Por nuestra justicia reproductiva, hoy marchamos y luchamos!”, expresa con fuerza, con ese corazón que palpita en la voz.
Ruthie Arroyo, portavoz de Aborto Libre Puerto Rico, y mujer de tantos sombreros en la lucha feminista en la que lleva, al menos, cuatro décadas, transforma esa energía en consignas, y comienza a cantar un repertorio que provoca el movimiento. “¡Exigimos justicia, justicia reproductiva, marchamos por respeto a nuestra autonomía!”. Poco a poco, se va reproduciendo la consigna hasta cantar a coro, aplaudiendo y moviendo el cuerpo de lado a lado, formando la marea verde.

En la marcha, hay parteras, doulas, trabajadoras sociales, enfermeras, madres, maestras, actrices, activistas, profesoras y médicas —y médicos— que marchan con sus batas blancas. Entre ellas, aunque esta vez vestida de verde, está la doctora Yarí Vale Moreno, quien ha sido el rostro visible de la clase médica por la justicia reproductiva. Ahí está contestando preguntas de la prensa, defendiéndose ante un nuevo ataque disfrazado de investigación que busca criminalizarla a ella, y a todas y a todes, otra vez, una vez más.



La marea verde empieza a subir por la avenida Universidad, casi en línea recta con la Torre de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras, que sirve una vez más de testigo silente de las luchas de este país. Los pasos van a ritmo de los panderos de las pleneras y pleneros que también convocan con sus tambores. Van marchando mujeres y personas gestantes de diversas generaciones: niñas, jóvenes, adultas, viejas. Cada una cargando con sus historias y sus heridas en silencio, cada una dando un paso firme, coordinado, porque aman, porque viven, porque quieren esa libertad que merecemos.
Una joven, frente a uno de esos establecimientos cambiantes de la avenida Universidad, va entregando botellas de agua a la multitud, que saca de la bolsa de plástico donde se amontonan. Es un gesto elocuente. Nos cuidamos y nos sostenemos.
En el cruce hacia el casco urbano de Río Piedras, en dirección a la avenida Gándara, frente a las abandonadas residencias de estudiantes —que reflejan la precarización en la que vive esta población estudiantil, tan juzgada y vilipendiada por luchar porque lo que nadie lucha—, se detiene la marcha. Entonces, se sube a la guagua pickup, que va detrás de la tumbacocos, la estudiante Marina Rodríguez Seguí del movimiento estudiantil, que actualmente se encuentra en huelga por la crisis fiscal y administrativa que sigue desmantelando la universidad pública.



“La lucha por la justicia reproductiva y la lucha por la educación pública son una misma lucha. Porque ambas hablan de control, de acceso y de dignidad”, dice con claridad entre aplausos de la multitud.
La marcha continúa y pasa frente al Burger King de la esquina, donde comensales miran tras los cristales, tratando de entender lo que está pasando. Miran y siguen, como sigue el país: precarizado, anestesiado, cansado. Comiendo lo que nos han dejado.
Un poco más adelante: un performance. Dos mujeres con capuchas negras sujetan una cuerda. Una está vestida de azul Proyecto Dignidad luciendo un camisón que lee “fundamentalismo”. La otra lleva uno parecido, pero de color negro, con la palabra “estado”. En la cuerda que ambas sujetan cuelgan cuatro mensajes: “nací sin techo”, “mi madre y yo somos menores”, “nací y mi mamá fue asesinada por su pareja” y “nací de una madre obligada”. La gente retrata y filma en silencio, casi en procesión. Son muchas las razones para parir y para no parir.
Entrando a la calle Saldaña, frente al local El Boricua, el ambiente cambia. La marea se detiene, a la altura de la funeraria Escardille, para subir el volumen con varias plenas que invitan al gozo combativo. Aquí se marcha y se goza, porque como dice otras de las pancartas principales, somos “dueñas del swing y de nuestros cuerpos”.


La tarde empieza a caer, y con ella, el patriarcado, que aquí también tiene su baile. Cada vez que se menciona que va a caer, se activa la coreografía, y las personas van doblando rodillas hasta abajo, como en el reguetón.
Hemos llegado a la plaza frente a la iglesia Nuestra Señora del Pilar con una comitiva de guardias estatales y la mirada de la diversidad de quienes habitan el casco riopedrense, incluyendo las personas sin hogar que miran y siguen en lo suyo, en esa brega implacable que es sobrevivir.
La Casa Ruth Hernández da la bienvenida con el gran pañuelo verde de “Yo decido”. En el espacio, otro performance también invita a la congregación y a la reflexión. Una persona cubierta con una sábana blanca, en gesto santificado, carga con ternura una almohada en forma de útero. Frente a ella, en el suelo, se lee un pequeño manifiesto: “La dignidad del ser humano es inviolable. Todos los seres humanos son iguales ante la ley”. “Toda persona tiene derecho a protección de ley contra ataques abusivos a su honra, a su reputación y a su vida privada”.

Estamos llegando al final. Lo avisan la noche y los mensajes. Baja la cadencia, se tocan plenas de corazón que cristalizan los ojos, como esa que dice, “no voy a parir, no voy a parir, no voy a parir si no mejoran nuestro país” o “no me voy de aquí, no me voy de aquí, pa’ criar mis hijos, lucho en el país”. Se lee un poema de Anjelamaría Dávila del libro Animal Fiero y Tierno, aquel de “cuando se ponen juntas todas las pocas cosas que se saben…”. Vuelven los abrazos, esta vez de despedida. En una esquina, se observa un gesto, una mujer adulta y una niña parecen conversar en complicidad. Frente a ellas, otro cartel recuerda que el aborto es ancestral. Como dijo, más temprano, Shariana Ferrer Núñez, de la Colectiva Feminista en Construcción, el aborto es legal, pero si no lo fuera, sigue siendo ancestral, sigue siendo ancestral.





