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Un feminicida suelto en Plaza las Américas

Contexto: Puerto Rico, 1988. Richie Pietri, la estrella del baloncesto superior de todos los tiempos, asesina brutalmente a Ivonne Rodríguez, su esposa y madre de tres. Le propinó 28 martillazos mientras dormía. El acto fue tan atroz que las autoridades tuvieron que aparentar acción ante el número creciente de mujeres asesinadas necesitando sepultura en mi país tan servicial, alegre y sandunguero. De ahí, de Richie Pietri y su martillo, surgió el caso que sirvió de catalítico para la aprobación de la Ley 54, que recién cumplió 37 años de firmada, y que fue posible gracias a la lucha de organizaciones feministas. 

1.

En mayo de 1991, me encontré con Richie Pietri en el centro comercial más grande del Caribe: Plaza Las Américas.

Habían pasado apenas tres años del asesinato. No se suponía que él estuviera allí —libre y caminando como cualquier otro hombre—, con aspecto… normal. No triste. No perturbado. No atormentado. Solo un hombre, mirando escaparates en su hora de almuerzo, paseando despreocupadamente de tienda en tienda tras una sentencia de probatoria. 

Yo recién me graduaba de la Universidad de Puerto Rico. Tenía 23 años y dos hijas de tres y uno. Vivía con el padre de dichas niñas, cada vez más dado a la bebida y a otras cosas. Yo, mientras, trabajaba en un noticiero y caminaba hasta Plaza en los breaks para soñar con cosas que no tenía dinero para comprar.

2.

Ese día había mucha gente en Plaza porque se acercaba el Día de las Madres, pero lo vi enseguida. ¿Sería él? ¿Quién más con aquella estatura y aquel pelo negrísimo de galán italiano?

Seguro era él porque el estómago se me revolvió de verlo moverse por ese espacio como maravillándose de poder estar, campeando por su respeto, en un centro comercial tan lleno de paquetes y alegría, a la distancia de un martillo de cualquier número de mujeres desprevenidas, y que no hubiese poder—no, que no hubiese voluntad—para encerrarlo donde no pudiera volver a hacer daño.

Meses después me iría de Puerto Rico ahuyentada por la misma impunidad que había asesinado a Ivonne Rodríguez. Pero ese día yo no lo sabía aún y, cuando lo vi esquivando a gente que compraba regalos, sus pies livianos, como evadiendo “gardeo” en una cancha, me quedé mirándolo, incrédula de que él se hubiera atrevido a ir allí tan cerca del Día de las Madres, habiendo dejado a tres niños sin la suya. Cuando lo confirmé, no pude apartar la vista.

Él me sorprendió mirándolo. Se detuvo y sonrió entre triste y burlón, helándome los huesos. La manera en que su mirada me notó y luego se enfocó en mí decía que no estaba loco. No en el sentido funcional de no saber lo que había hecho. 

No era un alienígena de alguna otra galaxia de sádicos. Era solo un hombre que se sabía protegido, con derecho incluso a usar un martillo contra una mujer dormida, inmediatamente volviendo a deambular libremente por las calles porque, ¿quién se lo iba a impedir?

3.

¿Si se arrepintió alguna vez? Imposible saberlo. Pero de que, ocurridos los hechos, no iba a renunciar a su privilegio, mucho menos a quitarse la vida, eso sí lo sé porque estaba en su rostro. Quitarse la vida habría sido una forma de pagar, y él pertenecía a la generación que no pagaba: el escape que hoy—post Ley 54—los feminicidas tienen que procurarse con sus propias manos, suicidándose, a él se lo había concedido el país.

¿Era acaso un hombre igual a mi padre? Mi padre que usaba puños, patadas y dientes como martillos y tenía el mismo río de furia corriéndole por dentro. Yo allí, congelada, sin poder dejar de mirarlo, y Richie Pietri a pocos metros, sosteniéndome la mirada mientras la gente a su alrededor tropezaba con su altura musculosa, inamovible.

¿Que qué sentí? Pues curiosidad de saber por qué. De decirle que lo había querido y admirado y que me sentía robada de algo. Quería preguntarle cómo fue que nunca perdió el control con otro hombre antes de matar a una mujer. En la cancha. En la calle. ¿Nunca? Preguntarle qué experiencia de vida le había convencido de que eso era algo que podía hacer. Destruir a la madre de alguien. A la hija de otro alguien. Terminar con ella por su puño y cojones.

4.

La ropa le quedaba bien. ¿Guayabera? Planchada. Su vello facial, acicalado. ¿Para quién? ¿Habría mujeres que no sabrían que había un feminicida dentro de ese hombre encantador que las invitaría a tragos con el dinero de sus años de gloria? En Puerto Rico, no. Todo el mundo lo conocía. Lo sigue conociendo, más 25 años después de muerto. Pero si estaba en Plaza las Américas, ¿quién quitaba que pudiese darse un brinquito a algún país cercano? Caluroso. Alegre como el nuestro. Sin acceso a noticias, quizás, y con más hambre, tal vez.

Allí seguro encontraría mujeres que no se imaginarían que él vivía en las pesadillas de las esposas jóvenes de su país —aquellas que temíamos el sonido del carro de nuestros maridos llegando. Que escuchábamos para saber de qué humor venía el señorito de la casa ese día. Que pensábamos en Richie Pietri cada vez que esos maridos nos miraban serios—y que cuando levantaban la voz, pensábamos en el ojo destrozado de Ivonne.

Esas mujeres, jamás imaginarían que había quienes aún pensaban en aquel día en Plaza Las Américas, cuando vieron el pasado, escapado, en la figura de un hombre muy alto de ojos sombríos tras lentes espesos, parado en medio de la multitud, con el martillo imaginario en la mano, como si fuera a clavarlo, el aire a su alrededor pulsando como escape de gas neón.

Muchachas que siguieron pensando en ese asesino —aún reverenciado por su gente— y lo pusieron entre las razones para irse de Puerto Rico. Porque no le había hecho falta suicidarse para poder caminar por la calle como si tal cosa. Y porque esa era la prueba que les quitó la esperanza de algún día vivir seguras en el archipiélago sandunguero de sus amores.

Pasó el tiempo. En 1993, Richie Pietri fue preso por fin cuando el ministerio público apeló y logró revocar su libertad condicional. Pero ya era tarde para mí. Ya yo era parte de la diáspora sexiliada con miedo a regresar. Yo no podía caminar por ahí como cualquier Richie Pietri. Yo tenía que vigilarme la espalda por si mis agresores—mi padre, el padre de mis hijas, el padre de cualquiera—me encontraba.

Los que hoy matan y luego se matan no inventaron nada: aprendieron de hombres como Pietri que para ellos siempre habría un escape diferente al de las muchachas que pensaron en él cuando subieron a un avión como tantas puertorriqueñas sexiliadas antes que ellas. Mujeres que no supieron de qué otra forma escapar de la violencia con sus hijos, que no fuera alejándose de un gobierno y de unas familias hipnotizadas por lo que salía de sus cada vez más modernos televisores a colores, mientras ellas se tenían que ir —rumbo a lo desconocido— con la misma resignación aliviada con que los agonizantes se encaminan a sus muertes.

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