Foto del archivo de Ana María Abruña Reyes
Estamos por concluir la celebración de la Semana Mundial de la Lactancia, un tema que en Puerto Rico se aborda y se abandona en la misma época, año tras año. Ni el Estado, ni el Departamento de Salud, ni la Oficina de la Procuradora de las Mujeres tienen la lactancia como prioridad real, y a estas alturas, honestamente, no debería sorprendernos.
Este último año pensamos que por fin las cosas iban a cambiar. El 1 de agosto de 2025, la gobernadora Jenniffer González firmó dos leyes de cantazo. La Ley 87-2025, conocida como el Código de Lactancia, consolidó nueve leyes que durante años sirvieron de guía y les hizo ajustes con la intención de fortalecerlas, incluyendo multas “reales” para quien las viole. La segunda, la Ley 88-2025, creó por fin, después de varios intentos, el Banco de Leche Materna de Puerto Rico. Sin embargo, un año después de estas leyes, seguimos exactamente donde el gobierno siempre nos deja: con leyes bonitas en papel y las mujeres y personas que lactan resolviéndose como pueden por su cuenta.
La exposición de motivos del Código de Lactancia promete un “instrumento legal ágil, eficiente y atemperado a los tiempos”. La misma ley se puso plazos concretos de noventa días para sacar el reglamento de fiscalización y multas, y otros noventa para el material informativo sobre sucedáneos de leche. Pero la guía que le dice a un patrono cómo debe verse, literalmente, una sala de lactancia no salió hasta hace unas semanas en julio, casi doce meses después de la firma de la ley y muy por encima de esos noventa días que se exigió. Pasó un año entero “sin instrucciones”, en el que cada persona que necesitó extraerse leche en su trabajo tuvo que resolver por su cuenta, quizás citando la vieja ley.
El Banco de Leche va por el mismo camino. Apenas a principio de año se publicó el aviso de aprobación de su reglamento y continúa en trámites administrativos, mientras seguimos con una tasa de nacimientos prematuros del 12.2% (otro tema urgente). Estos son bebés que podrían beneficiarse de ese banco y que seguimos sin poder proveerles.
Y no es que falten datos para justificar la urgencia, lo que falta es interés genuino en implementar políticas públicas de verdad, con apoyo integrado y fiscalización real. Puerto Rico tiene una tasa altísima de intención e inicio de lactancia. Según datos del 2023 del Sistema de Evaluación y Monitoreo de Riesgos en el Embarazo (PRAMS, por sus siglas en inglés), un 87% logró lactar a su bebé alguna vez. Esta cifra se redujo casi a la mitad cuando se preguntó cuántas seguían lactando al momento de la encuesta. Las razones que dieron quienes dejaron de lactar no tienen que ver con falta de ganas, como todavía mucha gente insiste en pensar, sino con lo que el sistema puede resolver y no resolvió. Un 33.6% sintió que no producía suficiente leche, algo prevenible con educación desde la gestación y apoyo oportuno luego del nacimiento; un 31.3% mencionó dificultad del bebé para pegarse al pecho, que también responde a la falta de apoyo oportuno dentro y fuera del hospital; y un 18.3% dejó de lactar específicamente porque regresó al trabajo.
Aquí toca decirlo claro: la duración de la licencia después del nacimiento, aunque mejor que la de Estados Unidos, sigue siendo mucho más limitada que la de otros países que reconocen que ese tiempo juntos fomenta y protege el establecimiento y la extensión de la lactancia a los términos que reconocen y recomiendan las organizaciones, que es un mínimo de un año. Claro, si no hay más opción que regresar a trabajar y se tiene que dar esa separación de la díada, lo mínimo es contar con apoyo y protección al reintegrarse al trabajo. Ahí está una de las razones de fondo por las que tantas personas dejan de lactar antes de lo que querían.
Esa es, para mí, la parte que más falta le hace a esta conversación cada agosto. Dejar de hablar de la lactancia como si fuera solo una decisión individual, un asunto de fuerza de voluntad de cada persona que decide lactar, y empezar a nombrarla como lo que realmente es, un asunto de sistema y un asunto de género. Porque cuando no hay una verdadera política pública, cuando hay una ley sin reglamento completo, un banco de leche que todavía no opera, falta de obstetras y pediatras que eduquen y acompañen (los hay, pero muy pocos) y de hospitales que acompañen ese proceso, las personas tendrán que seguir revolviéndose como pueden y contando solo con la comunidad y organizaciones que hacen ese trabajo todo el año.
La lactancia no es algo que puede esperar. La ley dice que es un derecho universal. La realidad es que ese derecho se vive distinto según cuánto acceso logres tener y gestionarte. Y ese acceso desigual no es casualidad, es lo que pasa cuando un “marco legal” se aprueba a medias, sin un plan de ejecución y sin incluir a las organizaciones que durante todo el año están haciendo el trabajo.
Porque eso es, por primera vez, lo que tenemos en Puerto Rico: un marco legal para la lactancia. Ahora mismo no es algo que celebrar. Por ahora es simplemente otra promesa que no sabemos si se va a cumplir. Mientras el gobierno siga tratando la lactancia como un tema de una semana en agosto, y no como parte de lo que le debemos a la infancia desde el primer día, vamos a seguir “celebrando” lo mismo, y abandonando lo mismo cada año que pasa. Quisiera equivocarme y escribir algo distinto el año que viene.





