Foto del performance de Javier Cardona
Hay conferencias que no terminan cuando se apagan los micrófonos. Se quedan latiendo en el cuerpo, en la mente, en la conciencia. Son invitaciones persistentes a pensar. Eso ocurrió con el seminario de filosofía en la Universidad de Puerto Rico titulado La peculiar disposición de la mirada y el discurso de la calle, presentado por Mapenzi Chibale Nonó.
No fue solo una exposición de arte contemporáneo. Fue, sobre todo, una interpelación profunda: ¿quiénes son reconocidos como humanos?, ¿quiénes quedan fuera de esa categoría?, ¿y qué archivos, afectos y prácticas creativas pueden desobedecer esa violencia?
La reflexión de Nonó dialoga con una de las intervenciones más incisivas del pensamiento caribeño contemporáneo: la carta abierta No Humans Involved de Sylvia Wynter. En ese texto, Wynter cuestiona el andamiaje epistemológico, político y cultural que permite que ciertas vidas sean tratadas como desechables. No se trata únicamente de denunciar una frase brutal utilizada para clasificar a jóvenes negros y racializados, sino de exponer el sistema completo de percepción que hace posible dicha clasificación.
Es decir: no hablamos solo de violencia física, sino de una violencia de la mirada, del lenguaje, de la institución y del saber. Ahí es donde el trabajo de Mapenzi Chibale Nonó adquiere una fuerza extraordinaria.
Su propuesta creativa, reconocida en espacios de alto prestigio, pero anclada en una ética afrocaribeña y colectiva, no se acomoda al arte como objeto de contemplación a distancia. Por el contrario, incorpora materiales de su archivo personal y familiar para interrogar la posesión, la injusticia climática y los complejos médico-industriales y penitenciarios.
Su práctica cruza instalación, performance, video, escultura biomaterial y memoria comunitaria. Su obra no solo representa, sino que desclasifica. No solo documenta: repara.
En tiempos en que la academia insiste en hablar de los márgenes sin dejarse tocar por ellos, la conferencia de Nonó planteó una pregunta urgente e incómoda: ¿cómo vemos? Pero más aún: ¿desde qué régimen de percepción —esa forma aprendida de ver y juzgar— hemos normalizado ver a las comunidades negras y pobres de Puerto Rico como una amenaza, un exceso o un problema?
Ese es el corazón del asunto.
La “peculiar disposición de la mirada”, evocando también a Ralph Ellison, no es un accidente. Es una pedagogía social. Se enseña en los medios, en la política pública, en la escuela, en la policía, en la prensa y, muchas veces, en la universidad.
Es la lógica que convierte al residencial público en sinónimo de fracaso moral; al joven negro en sospechoso; a la pobreza en evidencia criminal; al cuerpo tatuado en expediente; a la comunidad en zona de castigo. Puerto Rico conoce demasiado bien esa maquinaria.
A más de cuarenta años de la política de “mano dura contra el crimen”, seguimos viendo cómo esta narrativa continúa estigmatizando a los cuerpes negres y a las comunidades empobrecidas. No solo militarizó los residenciales: también normalizó los operativos violentos y produjo un archivo emocional del miedo.
Una generación entera creció viendo cómo el Estado y los medios de comunicación construían el caserío como un territorio enemigo.
La violencia no fue únicamente la de las botas, los portones o las armas largas. Fue también la de un relato nacional que decidió que había vidas que no merecían escucha, complejidad ni duelo.
Por eso resulta fundamental que Mapenzi nombre el “discurso de la calle” no como carencia de teoría, sino como producción legítima de pensamiento.
Pensamiento situado. Pensamiento encarnado. Pensamiento que emerge del barrio, del caserío, del archivo afectivo, de la conversación familiar, del cuerpo intervenido, del dolor que no ha sido traducido al vocabulario autorizado de la academia. Ahí hay filosofía. Ahí hay teoría social. Ahí hay crítica radical.
Uno de los gestos más poderosos de su propuesta es tomar en serio el archivo personal, no como nostalgia privada, sino como tecnología de conocimiento.
A diferencia de los archivos oficiales —que suelen mirar a las poblaciones negras y pobres desde la vigilancia o la carencia—, el archivo afectivo y familiar abre otras posibilidades: ternura, contradicción, deseo, duelo, improvisación, supervivencia, complicidad e imaginación. Ese archivo no niega la herida. La hace hablar.
De ahí también la potencia del tatuaje como contraarchivo: una idea que emergió con fuerza en la conversación. El tatuaje como inscripción de memoria; como negativa al olvido; como narrativa que el cuerpo decide portar cuando las instituciones han fallado en reconocer su humanidad.
Donde el expediente policial simplifica, el tatuaje complejiza. Donde la mirada clasifica, el cuerpo narra. Donde el Estado castiga, la piel archiva.
Lo que propone Nonó no es solo una estética. Es una política del ver. Su trabajo nos recuerda que los materiales íntimos —una fotografía, una carta, una memoria familiar— pueden abrir preguntas que ni la sociología más rigurosa logra formular por sí sola. No porque sustituyan el análisis, sino porque lo desestabilizan. Lo obligan a abandonar la ficción de la neutralidad.
Ese desplazamiento importa, especialmente hoy. Vivimos un tiempo en el que los lenguajes de exclusión persisten, aunque se reciclen. Cambian los lemas, los formatos, las campañas, pero permanece la lógica que decide qué comunidades merecen inversión y cuáles merecen vigilancia; qué cuerpos son rescatables y cuáles descartables; qué saberes cuentan y cuáles se minimizan.
En ese contexto, el trabajo de Mapenzi y las críticas de Wynter coinciden en algo fundamental: cuestionar la idea colonial, blanca, masculina y burguesa de lo humano como norma universal. Y esa exigencia no es abstracta. Tiene implicaciones concretas para la política pública, la educación, la justicia climática y la memoria histórica.
Porque cuando una artista afrocaribeña trabaja desde su archivo personal para interrogar el despojo y el encierro, no está haciendo solo arte: está disputando el marco desde el cual una sociedad decide a quién mirar, cómo mirar y para qué mirar.
Tal vez por eso este seminario abrió algo poco frecuente en la universidad: un espacio donde los afectos no quedaron subordinados a la teoría, sino que la empujaron a decir más. En un país atravesado por la criminalización de la negritud y la estigmatización de la pobreza, escuchar a Mapenzi fue también desmontar obediencias.
Su archivo no se presenta como testimonio. Se presenta como método. Como disputa. Como posibilidad de otro humanismo. Uno que no nazca de la exclusión, sino del cuidado. Uno que no le tema al barrio, a la memoria ni al cuerpo. Uno que, por fin, aprenda a ver la humanidad negra.
¿Y si el problema nunca fue la “calle”, sino la forma en que hemos aprendido —y aceptado— a mirar quién merece ser humano?
Mientras esta reflexión toma forma, Puerto Rico enfrenta una nueva oleada de violencia que no podemos seguir nombrando como casos aislados. En el área de San Juan, múltiples mujeres han sido víctimas de agresiones sexuales. Niñas, niños y jóvenes han sido afectados por la violencia armada.
Lo que estamos viendo no son excepciones. Es una crisis interseccional donde convergen: pobreza, desigualdad, narcotráfico, violencia de género, fallas institucionales. Y, como siempre, son los mismos cuerpos los que quedan en el centro del impacto: mujeres, niñes y comunidades racializadas.
Ante esto, la respuesta del Estado vuelve a repetirse: más vigilancia, más castigo, más “mano dura”. Pero, ¿qué ocurre cuando esa lógica ha sido parte del problema desde el inicio?
En el contexto de la Cumbre Afro 2026, esta conversación adquiere otra dimensión. No se trata solo de teoría ni de arte, sino de supervivencia. Las voces que emergen desde la negritud, el archivo y el cuerpo nombran algo que el Estado se niega a reconocer y es que la violencia no se resuelve con castigo, sino desmontando las estructuras que la producen.
La “mano dura” no es una política fallida. Es una política coherente con un sistema que administra qué vidas importan y cuáles no. Si seguimos respondiendo a la violencia con más violencia institucional, no estamos protegiendo la vida: estamos reproduciendo las condiciones que la destruyen. La pregunta no es si necesitamos más control. La pregunta es: ¿Qué sistema estamos defendiendo cuando aceptamos que la única respuesta es castigar?




