Esta columna surge a partir de conversaciones con Isabel Corti y Paloma Hernández.
Una noche sin luz, con los mosquitos haciendo fiesta y un calor que no da tregua, baño a mis crías a cubito. Les doy una refrescadita para que se vayan a dormir contentas. No consigo disimular mi coraje, que se me sale por los poros. Y las crías, tontas no son. Saben más que las abejas, presienten, comprenden, tienen para opinar y piensan. En medio de la oscuridad, mi cría más pequeña me dice: “Mamá, yo te amo a ti”. Y así de sencillito me saca una sonrisa. No quiero hacer del baño a cubito otra postal de nuestra resiliencia materna, del aguante de las madres puertorriqueñas ni nada por el estilo. No se trata de que sobrevivamos, y me resisto, como tantas, a normalizar que nos falte el agua, la luz, el techo, el cuido, la escuela, la comunidad, los recursos básicos para el cuidado. Criar en Puerto Rico es hacerlo dentro de condiciones políticas y coloniales que establecen quién tiene acceso a recursos y quiénes sobreviven. Que sepamos resolver, amar, y sonreír en medio del caos no quiere decir que esto nos funcione.
Esta escena no es aislada. El portal Criar sin agua del Instituto de desarrollo de la juventud (IDJ) ha contabilizado —hasta la fecha— 66,279 menores que viven en las zonas en plan de racionamiento. De esas niñeces, al menos 33,579 viven bajo el nivel de pobreza. Alguien llena galones, planifica y sacrifica algo administrando la precariedad y la escasez porque lo que debería sostener los cuidados no es garantía.
Me niego a que la opresión se quede con buena parte de la historia y la memoria de quienes criamos aquí. Acepto radicalmente la contradicción y la dualidad de que podemos amar profundamente criar en Puerto Rico y aborrecer las condiciones bajo las cuales se nos obliga a hacerlo. En estos tiempos me ha empezado a chillar en los oídos la palabra interrupción. Interrupción del servicio eléctrico. Interrupción del agua. Y esa idea que se repite de que las crías nos interrumpen, que la maternidad interrumpe nuestra “normalidad”.
Yo misma he dicho que escribo interrumpida, y entiendo por qué se siente así. Nuestras crías tienen hambre cuando estamos a punto de terminar una tarea. Se enferman el día de una reunión importante. Nos despiertan con fiebres y malos sueños. Necesitan la teta, el consuelo, la atención cuando finalmente nos hemos puesto a trabajar o a resolver algo inmediato. En la crianza parece que algo queda siempre esperando, en pausa o por hacer. Pero nada espera porque estemos disponibles. No hay descanso para criar aquí. Para muchas, nunca ha existido siquiera la posibilidad del descanso. Por eso pensarme interrumpida supondría que había algo funcionando como debía, una normalidad previa, algo bajo “control”. Creo que lo que interrumpe las vidas de quienes criamos aquí es la lógica de un sistema capitalista, racista, adultocéntrico, patriarcal y colonial que nos lleva constantemente a tener que sobrevivir.
Pienso en momentos como este mientras converso con amigas que maternan aquí, como Isabel Corti y Paloma Hernández. Hablamos sobre una pregunta: ¿qué necesitamos para criar aquí? A mí, la respuesta que me viene de sopetón es: “luchar para transformar nuestra realidad política”. Organizarnos y encontrarnos para eso. Pero esa es la mía y no sé cuál es la respuesta de las demás. Cuando converso con Isabel sobre nuestras crianzas, ella me dice que las madres necesitamos hablar. Hablar de cuando perdemos la paciencia. Del momento de sobreestimulación, en medio del calentón de este archipiélago, cuando una simplemente no puede más. Y con eso trae otras preguntas: “¿Las demás pasan por lo mismo? ¿O solo yo tengo que manejar todas estas emociones, y del humano que vive en mi casa?”. Isabel (madre autónoma, soltera, trabajadora, afrodescendiente) no quiere que nos reunamos solamente para enumerar nuestras miserias. Propone que podamos darnos golpes de pecho y reconocer lo bien que lo estamos haciendo cuando atravesamos la cotidianidad en la colonia.
Sabemos que existen aquí crianzas buenas, no perfectas, ni puras, porque habemos muchas combatiendo las maneras en las que este sistema nos oprime, rompiendo patrones y comprometidas con sostener el cuidado y defender las condiciones que necesitamos para criar aquí. Estamos luchando todos los días por un presente y un futuro donde podamos vivir. El sistema no nos ha vencido, hemos resistido y combatido la violencia, con ternura y esperanza. Quizás hablar entre quienes criamos sirva para algo más que desahogarnos y acompañarnos (que no es poca cosa). Formular otras preguntas, imaginar otro accionar y reconocer que como dice el proverbio africano “se necesita un pueblo entero para criar a un niñx”.

Paloma Hernández (partera, negra, madre de tres, salubrista) lleva la conversación hacia las condiciones estructurales que tantas veces nos empujan a la desesperación y a experimentar nuestras crianzas y maternajes desde el sufrimiento. Dice que tenemos que hablar de las condiciones en que gestamos, parimos y nacemos en Puerto Rico. Que necesitamos parteras y enfermeras parteras, que tenemos que ampliar las posibilidades de atención y acompañamiento para las personas gestantes. Que toca hablar del acceso, de violencia obstétrica, de justicia sexual y reproductiva, en un país donde podemos decir “dime dónde vives y te diré cómo pares”. De las condiciones materiales en que las mujeres sostienen sus hogares y crían.
Según el Instituto de Desarrollo de la Juventud, el 72% de la niñez en Puerto Rico vive en hogares encabezados por mujeres jefas de familia que se encuentran bajo el nivel de pobreza aun cuando trabajan remuneradamente. En esos hogares, la mediana de ingresos anuales es de apenas $14,995. Cuando Paloma habla de las condiciones para criar, pienso también en lo que significa que una familia tenga trabajo y aun así no pueda vivir dignamente. Que una madre tenga que resolver cuidados, comida, vivienda, transporte, educación y las necesidades de las crías desde un ingreso que no es suficiente. Más de la mitad de nuestra niñez sobrevive al empobrecimiento. Son madres que tienen que decidir qué necesita esperar, hasta dónde estirar el bolsillo.
El Observatorio de Equidad de Género (OEG) ha documentado que al 31 de julio de 2026 al menos 17 menores habían quedado en estado de orfandad a causa de feminicidios registrados este año. La violencia de género trastoca la vida de quienes quedan, y son las tías, las abuelas, las amigas y vecinas quienes asumen las consecuencias de la violencia. En el 2025, el OEG registró 62 feminicidios con una de las tasas más altas de América Latina y el Caribe. Hablar de crianzas, maternajes y maternidades diversas también es hablar de estas pérdidas, duelos colectivos y violencias.
Decir “las madres”, “personas gestantes” “nosotras” puede hacernos imaginar una experiencia común u homogénea donde no la hay. La clase, raza, el género, el lugar donde vivimos, nuestra comunidad y familia, las condiciones materiales, hacen que la crisis se viva de maneras profundamente distintas.

Por esto no queremos saber cómo ser mejores madres. Tampoco les invitamos a aprender a “soltar el control” porque el problema no es que tengamos que organizarnos mejor, o hacer más ajustes y sacrificios. En la maternidad el control es mera ilusión y las necesidades de los cuidados son colectivas y no se resuelven en la inmolación.
A quienes aman criar aquí y, al mismo tiempo, están furiosas con las condiciones, si esto les conmueve y convoca, les invitamos a encontrarnos. Queremos contarnos qué maneras de cuidar hemos tenido que inventar sin certezas. Queremos aprender de nuestras experiencias.
Paloma Hernández, Isabel Corti y yo, Adli Cordero Espada, acompañadas con Caderamen, les invitamos al encuentro Criamos aquí, a celebrarse el sábado, 26 de septiembre, de 2:00 p.m. a 4:30 p.m., en El Sillón de Abu, en Bayamón. Tendremos “jameo sonoro para las familias” por la Botica Sónica. Este será nuestro primer encuentro en el área norte. Vendrán más en otras áreas de nuestro archipiélago.
Nos interesa especialmente encontrarnos personas que maternan, crían y sostienen la vida en Puerto Rico. El cupo es limitado y por registro. La niñez es parte de esta conversación: tendremos actividades para integrarles y un espacio pensado desde el cuidado.
Si quieres colaborar para montar un encuentro Criamos aquí en tu área, contáctanos por las redes sociales en @adlicordero y @afroboricuamidwife
Hablemos y pensemos juntas.





