Foto del archivo de Ana María Abruña Reyes
Mientras todavía persiste la idea en el país de que el racismo “no es un problema”, las experiencias cotidianas de muchas personas, particularmente de juventudes negras y afrodescendientes, cuentan otra historia. Por eso, hablar de bienestar sin tomar en cuenta la intersección de raza es una omisión insostenible.
Así lo refleja un nuevo estudio realizado por el Colectivo Ilé, con el apoyo de Fundación de Mujeres en Puerto Rico, que propone repensar el bienestar desde quienes lo viven atravesado por el discrimen racial.
La investigación, titulada Explorando percepciones de bienestar y el impacto de experiencias de racismo en el bienestar de las juventudes adultas negras y afrodescendientes en Puerto Rico, que se presentó este martes en el Centro para Puerto Rico de la Fundación Sila M. Calderón, recoge las voces de 69 jóvenes entre 18 a 24 años de 19 municipios del archipiélago, que se identificaron racialmente como personas negras y afrodescendientes. El estudio se llevó a cabo a partir de una metodología participativa, con diálogos colectivos, que buscó, ante todo, escuchar.
“Nos enfocamos en centrar las voces de las personas negras en este proceso, de conocer más información que no está accesible al momento”, explicó Miriam Morales Suárez, investigadore principal del estudio, junto a Mariluz Franco Ortiz, Mayra Díaz Torres y Kimberly Figueroa Calderón, todas de Colectivo Ilé, organización antirracista y decolonial con más de tres décadas de trabajo.
Ese proceso implicó diálogos colectivos en los que las juventudes no solo respondían preguntas, sino que partían de sus propias experiencias. “Comenzamos con un check in para centrar a las personas sobre qué pensaban, que nos trajeran memorias de cuándo se sintieron cuidades… y luego pasar a estas preguntas sobre qué pensaban sobre el bienestar sin nosotras imponer ningún tipo de narrativa”, señaló Morales Suárez.
Bienestar desde sus voces
La intención era buscar una definición de bienestar basada en vivencias concretas y no en marcos teóricos distantes. En otras palabras, que las juventudes definieran, en sus propios términos, qué significaba vivir bien.
“No contábamos con una definición que viniera desde las propias voces de las juventudes negras y afrodescendientes sobre qué es el bienestar para elles. Tenemos el Instituto del Desarrollo de la Juventud en Puerto Rico, pero la información que consta en esas bases de datos, en esos indicadores, no está desagregada por raza. Y esa definición de bienestar muchas veces se discute en salas de investigadores, basadas en revisiones de literatura, pero no necesariamente de procesos participativos en los que las juventudes digan ‘ok, para mí bienestar es lo económico, la educación…’ Así que con este proceso lo que estamos es dando especificidad a esa definición que nos puede apuntar a cuál es el mapa, la ruta a seguir en cuanto a acciones de transformación institucional y de políticas públicas, e incluso, de trabajo comunitario dirigido a juventudes negras”, indicó Morales Suárez.
De esos encuentros con las juventudes, surgieron ocho dimensiones clave del bienestar, entre ellas la posibilidad de cubrir necesidades básicas como vivienda, agua y alimentos; la estabilidad económica, la salud física, mental y emocional, el acceso a una educación antirracista, la seguridad, el desarrollo personal y la libertad frente a distintas violencias, así como el apoyo de redes comunitarias.
“Para elles, también el bienestar se compone de un balance entre todas estas dimensiones. Así que no es ausencia de retos, sino que puedan balancear todas estas dimensiones para verdaderamente poder experimentar este bienestar”, compartió le investigadore.
Pero ese balance, como bien señaló Morales Suárez, se ve constantemente interrumpido por experiencias de discrimen racial. El estudio encontró que un 86.5% de las personas participantes reportó haber sido tratada injustamente, o conocer a alguien que lo ha sido, por su apariencia racial o color de piel. Estas experiencias no son aisladas ni excepcionales, sino que ocurren en escenarios como la escuela (78%), redes sociales (62%), trabajo (47%), en comercios (41%), en universidades (31%) e incluso en las familias. En los relatos recogidos aparecen prácticas como la vigilancia en tiendas, el discrimen en entrevistas de empleo o las exigencias sobre la apariencia, incluyendo el cabello.
“Todavía no se ha dado ese proceso de entendimiento, de cambio, de esa conciencia social en todos los espacios… Así que aunque hayan empresas que digan que no discriminan por razón de raza, sexo, color de piel, etcétera, todavía eso se experimenta en esas interacciones cotidianas, en el día a día”, afirmó Morales Suárez.
Las consecuencias de estas experiencias son profundas y se acumulan en distintos niveles, según se recoge en el estudio. Las juventudes reportaron ansiedad, miedo, estrés crónico e hipervigilancia —sobre todo las personas con estatus migratorio no definido—, así como procesos de aislamiento y autocensura, muchas veces como consecuencia del trauma racial. A esto se suman limitaciones académicas y laborales, así como experiencias de negligencia médica, donde no se validan síntomas o necesidades específicas.
Pero hablar de esas experiencias de discriminación racial tiene un efecto transformador. “Poder hablarlas en colectivo genera también en las juventudes una conciencia sobre sus propias experiencias y también les lleva a resistir. Les lleva a denunciar y accionar en favor del bienestar personal y colectivo”, sostuvo le investigadore.

La herencia como sanación
La investigación también documenta esas formas de resistencia y sostén. El 72% de las personas participantes afirmó que su cultura y herencia afrodescendiente contribuyen a su bienestar. “Es una fuente de orgullo, es una fuente de identidad, le da un sentido de propósito, y eso a mí me impactó de una manera positiva”, destacó Morales Suárez, quien también subrayó el papel de la espiritualidad, la naturaleza y los espacios comunitarios como lugares de sanación y conexión.
“Las juventudes nombran el agua, la naturaleza, como ese espacio en donde van a reconectarse consigues mismes, donde pueden ir a tener esa conexión ancestral con el mar, con sus antepasados, pensando en la historia de la esclavización… El que pudieran expresar la profundidad de esa conexión con la naturaleza y cómo la espiritualidad les ayuda a subsanar las experiencias cotidianas, fue un dato que me trastocó mucho y que me sentí también identificada. Me enorgullece mucho que las juventudes lo vean y lo piensen, que conecten de esa manera con nuestro entorno, con los recursos, con los ecosistemas”, agregó le investigadore.
El estudio también pone sobre la mesa condiciones materiales que atraviesan estas experiencias, y es que más de la mitad de las personas participantes reportó ingresos menores de $500 mensuales, y un 54% indicó tener dificultades para cubrir sus necesidades básicas. En un país marcado por el encarecimiento de la vida, estas realidades económicas se entrelazan con el racismo para limitar aún más las posibilidades de bienestar.
Para Morales Suárez, estos hallazgos no deben quedarse en el diagnóstico. Entre las rutas posibles menciona la necesidad de producir datos desagregados por raza, fortalecer redes comunitarias y avanzar en una educación antirracista que transforme no solo a las juventudes, sino también a las personas adultas y las instituciones. “La educación antirracista… es un vehículo que no tan solo va a ayudar a las juventudes, sino también al adulto… a poder transformar estas lógicas de pensamiento”, afirmó.
Una herramienta viva para la transformación
Explorando percepciones de bienestar y el impacto de experiencias de racismo en el bienestar de las juventudes adultas negras y afrodescendientes en Puerto Rico se propone como una herramienta abierta, pensada para ser utilizada por organizaciones, comunidades e instituciones.
El estudio fue posible con el apoyo de Fundación de Mujeres en Puerto Rico, que en conversación con Colectivo Ilé, entendió de inmediato la necesidad de llevar a cabo esta investigación para continuar visibilizando las desigualdades estructurales históricas que siguen enfrentando las comunidades afrodescendiente en el país.
“Estas poblaciones están invisibilizadas en la política pública y en la asignación de fondos y esto es porque no hay unos datos que expliquen las condiciones, las percepciones y el bienestar de estas comunidades”, destacó Verónica Colón Rosario, directora de Fundación de Mujeres en Puerto Rico.
Para la entidad, apoyar este estudio —que recibió el respaldo económico de Annie E. Casey Foundation—, es parte de su misión en favor de la justicia racial, pero también es un reconocimiento al trabajo que lleva haciendo por más de tres décadas el Colectivo Ilé.
“Es poner a la organización como líder en la investigación. Ellas no son solo beneficiarias de la subvención, sino que son las líderes, creadoras y las agentes de transformación social en sus comunidades. Así que por eso es que yo espero que con este estudio se visibilice también su trabajo, amplificar sus voces, las experiencias y las soluciones que ellas mismas ofrecen”, destacó Colón Rosario.




