Soy precursora del desmantelamiento del patriarcado y de todas las ramificaciones visibles e invisibles que sostienen sus estructuras de poder. Me interesa nombrar aquello que históricamente se ha normalizado: las violencias emocionales, la manipulación afectiva, el control disfrazado de amor, la romantización del sufrimiento y las masculinidades que aprenden el lenguaje de la transformación sin renunciar realmente a sus privilegios.
Creo profundamente en la reconstrucción de las narrativas como herramienta de liberación colectiva. Desde el neuromarketing, la comunicación y la sensibilidad política, estudio cómo las emociones moldean nuestras decisiones, vínculos y percepciones sobre el amor, el deseo y el poder. También observo cómo esas mismas herramientas pueden utilizarse para manipular, confundir y sostener dinámicas extractivistas en las relaciones humanas.
Mi trabajo y mi voz apuestan por desenmascarar las estructuras patriarcales que persisten incluso en espacios progresistas, activistas, espirituales o queer. Porque el patriarcado no desaparece automáticamente cuando cambia de estética o de vocabulario; muchas veces simplemente se adapta, se refina y aprende a performear la conciencia.
Desmantelar el patriarcado también implica desaprender la idea de que las mujeres y las personas feminizadas nacimos para sostener emocionalmente a otres a costa de nosotras mismas. Implica reconocer las red flags, confiar en nuestra intuición, abandonar la culpa y construir vínculos en los que la honestidad, la responsabilidad afectiva y la coherencia ética no sean excepciones, sino principios básicos.
Nombrarlo es parte de romperlo.
Hay hombres que aprendieron el vocabulario correcto antes de hacer el trabajo interno.
Aprendieron a decir “procesos”, “sanación”, “vulnerabilidad”, “deconstrucción”, “responsabilidad afectiva”.
Aprendieron a leer a bell hooks, a citar a Jung, Osho, Campbell y muchxs otres más, a compartir posts sobre trauma generacional y a hablar de energía masculina consciente mientras siguen operando desde el mismo centro de poder y control de siempre.
Capota y pintura, na’ más, como se dice en el argot popular puertorricense.
Porque la transformación no ocurre en el discurso. Ocurre en la práctica cotidiana. ¿Cómo se sostiene la honestidad cuando nadie está mirando? ¿Cómo se maneja el deseo sin manipular? ¿En qué se ejerce el poder sin recurrir al afecto como mecanismo de dominación emocional?
Y ahí es donde muchas supuestas masculinidades alternativas colapsan.
He visto hombres “restaurados” que en público hablan de ternura radical y, en privado, continúan reproduciendo dinámicas de silencios estratégicos, desapariciones emocionales, triangulación afectiva, gaslighting, manipulación narrativa y control de la información. Hombres que utilizan el lenguaje político y terapéutico como camuflaje para seguir extrayendo energía emocional de las mujeres y de las personas feminizadas.
Porque el patriarcado también aprendió a vestirse de sensibilidad.
Existe una masculinidad contemporánea que entendió perfectamente cómo performear la conciencia social sin abandonar los privilegios estructurales. Una masculinidad que ya no necesariamente grita, sino que administra emocionalmente. Que ya no siempre impone mediante la violencia explícita, sino mediante la ambigüedad calculada. Desde la confusión. Desde el “no estoy listo”, mientras mantiene acceso ilimitado a cuerpos, cuidados, escucha, validación y deseo.
Muchos hombres descubrieron que la narrativa del mártir funciona extraordinariamente bien.
El hombre roto.
El hombre incomprendido.
El hombre traumatizado.
El hombre “en proceso”.
Y cuidado: reconocer las heridas es importante. La salud mental importa. La infancia importa. El trauma importa. Pero una herida no puede convertirse en una licencia permanente para destruir emocionalmente a otras personas.
No toda vulnerabilidad es honestidad.
No toda sensibilidad es transformación.
No toda conciencia política es ética relacional.
Hay hombres que utilizan el lenguaje de la sanación como estrategia de seducción. Que estudian cuidadosamente qué decir para generar intimidad acelerada. Que comprenden perfectamente cómo activar la oxitocina emocional en otras personas: conexión profunda, intensidad, atención, intermitencia, validación selectiva. Neuromarketing afectivo aplicado al deseo.
Y eso también es manipulación.
Lo digo como mujer que trabaja precisamente con narrativas, emociones y el comportamiento humano. Sé cómo las historias provocan la liberación de dopamina. Sé cómo el reconocimiento activa la serotonina. Sé cómo el afecto, el misterio y la validación generan dependencia emocional cuando se utilizan estratégicamente.
Por eso preocupa tanto ver masculinidades “alternativas” que, según RW. Connell, son formas de construir la identidad masculina desmarcándose del modelo hegemónico tradicional. Pero en este caso utilizando herramientas emocionales con la misma lógica extractivista del patriarcado tradicional.
Solo cambió el empaque.
La hegemonía masculina ya no siempre usa botas. A veces usa tote bag, lee tarot y medita. Va a terapia. Usa lenguaje inclusivo. Poesía. Activismo. Espiritualidad. Performance político. Intelectualidad radical.
Pero, debajo de la estética progresista, continúa existiendo el mismo miedo profundo a renunciar al privilegio del control emocional sobre otras personas.
¿Cómo identificarlo?
Los red flags o micromachismos, como los nombra Luis Bonino, suelen aparecer temprano, aunque muchas veces el enamoramiento nos haga racionalizarlas:
- Personas que hablan en exceso de honestidad, pero ocultan información importante.
- Hombres que dicen odiar el drama mientras generan un caos relacional constante.
- Quienes se presentan como víctimas permanentes de “mujeres intensas” o “locas”.
- Ambigüedad afectiva sostenida como mecanismo de poder.
- Uso de discursos terapéuticos para invalidar emociones ajenas (“estás reaccionando a partir de tus heridas”).
- Inconsistencia entre el discurso público y el comportamiento privado.
- Incapacidad para asumir una responsabilidad concreta sin convertirse de inmediato en mártir.
- Relaciones clandestinas sostenidas mediante la manipulación emocional.
- Hombres que necesitan sentirse deseados por múltiples personas a la vez para alimentar su ego.
- Personas que romantizan el daño bajo la excusa de que están “aprendiendo”.
Y quizás una de las señales más importantes: cuando crea las condiciones para sentirte constantemente confundida, pequeña, insegura o emocionalmente desregulada, mientras insiste en que te ama, te quiere o te respeta.
El amor no debería sentirse como un estado permanente de ansiedad.
También necesitamos hablar de los agresores de la palabra. Porque no toda violencia deja marcas visibles. Existen personas expertas en erosionar la autoestima, la percepción y la estabilidad emocional mediante narrativas cuidadosamente construidas.
Personas que seducen con discursos de conciencia mientras practican el abandono emocional.
Que prometen presencia mientras administran la ausencia.
Que utilizan la ternura como acceso, pero no como un compromiso ético.
Denunciar eso no es “resentimiento”. Es supervivencia emocional. Es pedagogía colectiva. Es nombrar patrones que demasiadas mujeres y personas queer conocen íntimamente, pero que muchas veces callan por vergüenza o culpa.
Nos enseñaron a romantizar el potencial de los hombres. A enamorarnos de lo que podrían ser. A acompañar procesos infinitos de reconstrucción masculina mientras nosotras terminamos emocionalmente agotadas, sobreexplicándonos, regulando, sosteniendo, esperando.
Pero no somos centros de rehabilitación emocional.
No vinimos a reconstruir hombres para que luego sean mejores compañeros de alguien más.
No vinimos a traducir la empatía a personas que solo aprenden la sensibilidad como herramienta performática.
No vinimos a sacrificar la estabilidad emocional para sostener egos heridos disfrazados de profundidad.
El desapego también es un acto político.
Y quizás ahí comienza realmente la transformación: cuando dejamos de admirar a los hombres por cómo hablan sobre la conciencia y comenzamos a observar rigurosamente cómo practican la ética en lo íntimo. Cuando dejamos de enamorarnos de las narrativas y empezamos a creer en los patrones.
Porque al final, las máscaras siempre se agrietan.
Y detrás de mucha capota y pintura, todavía sigue respirando intacta la vieja maquinaria del patriarcado.
Si todavía no sabes identificar a ese hombre tóxico, empieza por observar cómo te sientes después de hablar con él: porque el amor no debería dejarte confundida, drenada ni pidiendo migajas emocionales disfrazadas de profundidad… Algo importante es que en esa meditación estén incluidas tus necesidades, que dentro del tote bag se incluya la autorresponsabilidad, la disculpa y, cuando en su tarot le salga la carta de la transformación, incluya el plan y el compromiso de realizarlo, sin capota y con la pintura necesaria para dibujar paisajes reales, humanos, despatriarcalizados.



