A las amigas que he hecho durante mi vida adulta; ustedes saben quiénes son.
Hace algunos años, escribí en mi página de Facebook una reflexión sobre la amistad entre mujeres. En ese escrito, comenté que —al día de hoy— pienso que mis primeras amigas fueron mis tías, quienes me criaron junto a mi mamá. Ser hija única me llevó a pasar mucho tiempo entre adultas, hasta que llegué a la escuela. Ahí la vida me cambió: estaba con niños y niñas que se convirtieron en los hermanos que la vida me dio y que aún conservo. La experiencia de compartir el mismo espacio durante 12 años me dio la oportunidad de tener a las que llamo “amigas semilla”, es decir, las que tuvieron en común conmigo su infancia y adolescencia. Algunas me regalaron una familia extendida en la que pude apreciar la estructura de tener papá, mamá, hermanos, y por supuesto, la ñapa era yo.
Mis “amigas semilla” son aquellas con las que estudié largas noches, fiesté a más no poder, me emborraché, chaperoneé muchas veces, lloré amores imposibles, me solidaricé ante la pérdida de algún novio… Hoy día tenemos 55 años. Cada una tiene su vida, aunque hemos compartido todo: matrimonios, divorcios, segundos matrimonios, nacimientos de los hijos (ya hay algunas abuelitas), los nuevos novios que llegan o se van, los retos que tiene la maternidad, la muerte o el cuidado de los padres que ya están mayores, el fallecimiento de un esposo o de un hijo.
En esta etapa de la vida en la que nos encontramos, coincidimos en que estamos todas menopáusicas. Nos escribimos información sobre el tema, bromeamos sobre los síntomas y nos consolamos. Algunas viven al otro lado del charco, nos enviamos mensajes, nos llamamos y cuando vienen de visita a Puerto Rico, siempre nos vemos. De hecho, una vez al año nos juntamos unas 12 o 15, nos quedamos en una casa, nos desconectamos del trabajo, el marido, los hijos, las responsabilidades, las penas. Ese espacio sagrado es terapéutico, sanador, un alivio para el trajinar que vivimos las mujeres. Sobre todo, es justo y necesario: compartimos, hablamos, nos escuchamos, comemos, bebemos sin ninguna preocupación adicional que no sea abrir otra botella de vino.
Salimos renovadas, nuevas, recargadas de energía y pensando en el próximo junte. Todas somos bien distintas, tenemos diferentes profesiones, distintos estados civiles; no obstante, nos conocemos bien. En fin, hemos compartido la vida misma.
Con ese vínculo tan arraigado con las que mejor me conocen, pensé que mis “amigas semilla” serían las únicas en mi vida. Admito que me equivoqué. La vida me ha dado la oportunidad de encontrar otras mujeres a las que también considero amigas.
Simplemente decidí recibir el regalo de su amistad. Hacer amigas después de los 50 me ha dado otra perspectiva: más empatía, más solidaridad, más respeto y entendimiento hacia las diferencias entre las personas y más amor. Algunas las conocí en el trabajo, otras son esposas de amigos, varias pertenecen a la misma sororidad que yo. La diversidad de mujeres que he conocido en esta etapa de mi vida me ha enriquecido. No crecieron ni se desarrollaron conmigo; pero hemos compartido otros espacios, experiencias y preocupaciones que me han dado mayor madurez. Lo vivido ha sido suficiente para querernos, valorarnos, respetarnos, admirarnos y reconocer las unas en las otras que no somos perfectas, y que todas tratamos de hacer lo mejor posible diariamente. He aprendido de ellas también, de sus maternidades, de sus formas de ver la vida, de su fe. Mis nuevas amigas me llaman, me escriben, me buscan, son solidarias; todas son acciones recíprocas pues nos hemos escogido. Con mis nuevas amigas voy a desayunar, voy de tiendas, asistimos a actividades juntas, compartimos las preocupaciones sobre los hijos, las situaciones de salud que a veces nos aquejan, nos aconsejamos y apoyamos. Cada vez que recibo una llamada o mensaje de una nueva amiga, me da alegría de la buena.
En esta etapa de la vida, sí es posible hacer nuevas amigas, para mí mujeres valiosas que han sumado a lo que soy y quiero ser. También es importante conservar el vínculo con mis “amigas semilla”, las de siempre. La amistad es el valor más importante de mi vida. Soy privilegiada de contar con mujeres a mi alrededor para lo bueno, lo malo y lo regular que ofrece la vida. Ya sean amigas recientes o amigas de la infancia, sin ellas, no estaría completa; sin ellas, no me sostendría en ocasiones. Como siempre les digo a todas mis amigas: ¡Nos tenemos!




