Advertencia de contenido: La siguiente columna habla sobre violencia sexual. Puede resultar difícil de leer para personas que han vivido violencia sexual o abuso dentro de una relación. La agresión sexual es un crimen y es quien la comete la persona responsable. Aquí podrás encontrar recursos de apoyo.
Si el título de este artículo te impactó y hasta lo encontraste aberrante, no estás sola. Perteneces al gran grupo de mujeres que se enteró de que esto es una realidad recientemente. Pero, ¿por qué esto no es parte de nuestros noticiarios aquí en Puerto Rico?
Durante años se nos enseñó el miedo a ciertos escenarios: caminar solas de noche, confiar en desconocidos, exponernos en espacios públicos. La violencia sexual, en el imaginario colectivo, siempre ha tenido un rostro externo, ajeno, identificable. Sin embargo, una investigación reciente vuelve a colocar una verdad incómoda sobre la mesa: muchas veces, el riesgo no está afuera. Está en casa.
Un reportaje, publicado por CNN, y realizado por Saskya Vandoorne, Kara Fox, Niamh Kennedy, Eleanor Stubbs y Marco Chacón, reveló la existencia de comunidades digitales donde hombres intercambian estrategias para drogar, violar y grabar a sus propias parejas. No se trata de espacios marginales ni aislados. Una de estas plataformas registró 62 millones de visitas en un solo mes, mientras otra acumuló 82 millones de accesos recientes. La magnitud del tráfico en estas plataformas no solo estremece; obliga a cuestionar qué condiciones culturales permiten que esto exista.
Son plataformas donde los usuarios comparten guías, instrucciones e incluso tips para violentar sexualmente a sus parejas. Desde el uso de sustancias para incapacitar hasta estrategias para manipular, presionar o insistir hasta obtener “acceso”. Intercambian experiencias como si fueran logros y comparten grabaciones donde sus parejas se encuentran inconscientes, validando entre ellos el proceso. Se trata de espacios para perfeccionar la técnica para no cometer errores y pasar desapercibidos: cómo ejercer control psicológico, cómo manipular la percepción de la víctima y cómo sostener estas dinámicas sin consecuencias visibles. Validan entre ellos prácticas y, en muchos casos, celebran el hecho de que la otra persona no pudiera responder, resistirse o incluso recordar lo ocurrido.
Antes de pensar que esto es “algo que pasa afuera” y que esta realidad no ocurre en nuestra isla, conviene preguntarnos: ¿qué hemos aprendido aquí, en Puerto Rico, sobre el sexo en las relaciones?
Estas prácticas no nacen en internet. Se sostienen en creencias profundamente arraigadas sobre el sexo, las relaciones y el consentimiento. En Puerto Rico, como en muchos otros contextos, todavía persiste la idea de que la intimidad dentro de la pareja es una obligación. Frases como “cumple como mujer”, “eso es tu deber” o “si no lo haces tú, alguien más lo hará” no son inofensivas. Funcionan como mecanismos de presión que desdibujan los límites del consentimiento y normalizan dinámicas donde el deseo deja de ser un requisito.
En ese contexto, hablar de consentimiento no es un detalle técnico. Es una intervención política. Porque el consentimiento no es automático ni permanente. No se establece por la duración de una relación ni por un vínculo legal. Es un proceso que debe ser activo, informado, libre y reversible. Puede darse y retirarse en cualquier momento, incluso dentro de relaciones largas o estables.
Pero aquí es donde la conversación se vuelve más incómoda: lo que entendemos por consentimiento no coincide con la realidad en la que estamos viviendo.
La violencia que no queremos nombrar
Los datos evidencian una desconexión alarmante entre cómo definimos el consentimiento y cómo se vive realmente. Entre un 10% y un 14% de mujeres casadas han sido violadas por sus parejas, mientras que un 50% de hombres universitarios cree que esto no es posible, y un 34% admite que cometería violación si no enfrentara consecuencias. Estas cifras no solo reflejan violencia; reflejan una falla profunda en cómo entendemos el consentimiento.
A esto se suma otra realidad igualmente invisibilizada: una proporción significativa de agresiones sexuales ocurre dentro de relaciones de confianza. En Inglaterra y Gales, por ejemplo, el 43% de los casos registrados fueron cometidos por parejas o exparejas, y un 23% involucró víctimas inconscientes o dormidas. Pero incluso estos datos se quedan cortos. Hablar con mujeres sobre violencia sexual dentro de la pareja no es sencillo. Aun así, las estimaciones globales son contundentes: alrededor de 1 de cada 3 mujeres (30%) ha experimentado violencia física y/o sexual por parte de una pareja o violencia sexual fuera de la relación en algún momento de su vida.
Cuando hablamos de violencia sexual dentro del matrimonio, no nos referimos únicamente a la violación en su forma más evidente. Este concepto incluye un rango más amplio de prácticas: relaciones sexuales forzadas, coerción para realizar actos sexuales no deseados, control sobre el uso de anticonceptivos, presión para embarazarse, así como cualquier interacción sexual donde no exista un consentimiento libre, informado y continuo.
Muchas mujeres no identifican estas experiencias como violencia, especialmente cuando no hay agresión física explícita, lo que contribuye a una subestimación significativa del problema. Además, incluso cuando estas violencias ocurren de forma recurrente, rara vez se denuncian. En algunos contextos, menos del 1% de los casos llegan a sistemas formales, no porque no existan, sino porque el estigma, la normalización y las barreras legales hacen que permanezcan en silencio.
En la práctica clínica y educativa, muchas personas relatan experiencias donde el consentimiento nunca estuvo realmente presente, pero tampoco fue reconocido como ausencia. Relaciones sexuales sostenidas desde la presión, el miedo, el cansancio o la resignación. Encuentros donde el cuerpo participa, pero el deseo no. Y eso también es violencia.
No solo desde una perspectiva clínica o social, sino también legal. En Puerto Rico, la agresión sexual dentro de la pareja está tipificada como delito. La Ley 54 para la Prevención e Intervención con la Violencia Doméstica establece en su Artículo 3.5 que constituye agresión sexual conyugal cualquier relación sexual no consentida dentro de una relación íntima, incluyendo cuando se utiliza fuerza, intimidación, manipulación o cuando se anula la capacidad de consentir mediante sustancias o presión psicológica. Esta legislación reconoce que el vínculo afectivo no elimina la posibilidad de violencia y que el consentimiento sigue siendo un requisito indispensable, incluso dentro del matrimonio o relaciones consensuales.
Una de las barreras más complejas para identificar estas dinámicas es precisamente el vínculo afectivo. La cercanía dificulta nombrar el daño. La confianza previa genera duda. Y el peso cultural refuerza la idea de que dentro de la pareja “todo es válido”. Por eso, cuando una persona decide hablar, muchas veces no encuentra apoyo, sino cuestionamientos. Se minimiza la experiencia, se relativiza el daño o se recurre a frases que perpetúan el problema: “pero es tu esposo”, “no fue con mala intención”, “eso pasa en todas las relaciones”. Esta respuesta social no es casual. Es el resultado de una cultura que ha normalizado el acceso al cuerpo dentro de las relaciones, mientras invisibiliza las condiciones necesarias para un consentimiento real.
En Puerto Rico, esta realidad se entrelaza con otros factores: la educación sexual limitada, los mandatos de género, la presión religiosa, la dependencia económica y el miedo al rechazo social. Todo esto configura un escenario donde muchas personas no logran identificar la violencia o, si lo hacen, no encuentran las condiciones para nombrarla.
Por eso, desmontar estos mitos implica mucho más que informar: implica incomodarnos de verdad, cuestionar la idea de que el amor justifica el acceso, reconocer que el deseo no se debe y aceptar que el consentimiento también es necesario dentro de relaciones estables. Porque la intimidad sin consentimiento no es intimidad, es violencia. Y si esta conversación es incómoda, es porque toca una realidad que muchas veces preferimos no mirar.
Como profesionales, no nos basta con indignarnos; insistimos en nombrar lo que ocurre y en traer al frente las experiencias de tantas mujeres que han sido silenciadas, para que dejemos de vivir en la comodidad de pensar que “esto aquí no pasa”. Mientras nos mantenemos en esa burbuja, estas violencias siguen encontrando espacio, validación y hasta formación.
Ninguna mujer tiene la culpa de ser violentada. Ninguna víctima ni sobreviviente debe cargar con la culpa de su agresión. Pero sí es una responsabilidad colectiva cuestionar lo que hemos normalizado y comprometernos a construir espacios seguros. Lo que debería provocar esta conversación no es solo alarma, es urgencia: urgencia por transformar la manera en que entendemos las relaciones, por educar desde el consentimiento activo y por construir vínculos donde el deseo, el respeto y la autonomía no sean opcionales.
Mientras el sexo siga siendo entendido como una obligación, siempre existirá el terreno para que alguien lo tome sin preguntar. Y eso no es un problema individual; es un problema cultural que ya no podemos seguir ignorando.
Referencias
Asamblea Legislativa de Puerto Rico. (1989). Ley Núm. 54 de 15 de agosto de 1989: Ley para la prevención e intervención con la violencia doméstica (según enmendada)
Deosthali, P., Rege, S., & Arora, S. (2022). Women’s experiences of marital rape and sexual violence within marriage: evidence from service records. Sexual and Reproductive Health Matters, 29(2), 2048455. https://doi.org/10.1080/26410397.2022.2048455
World Health Organization. (2021). Violence against women prevalence estimates, 2018: Global, regional and national prevalence estimates for intimate partner violence against women and global and regional prevalence estimates for non-partner sexual violence against women. WHO.
World Health Organization. (2005). WHO multi-country study on women’s health and domestic violence against women: Initial results on prevalence, health outcomes and women’s responses. WHO.
Deosthali, P. B., Rege, S., & Arora, S. (2022). Women’s experiences of marital rape and sexual violence within marriage in India: Evidence from service records. Sexual and Reproductive Health Matters, 29(2). https://doi.org/10.1080/26410397.2022.2048455
Vandoorne, S., Fox, K., Kennedy, N., & Stubbs, E. (2026). Exposing a global ‘online rape academy’ that is teaching men how to abuse women and evade detection. CNN. https://www.cnn.com/interactive/2026/03/world/expose-rape-assault-online-vis-intl/index.html
Recursos en Puerto Rico:
Centro de Ayuda a Víctimas de Violación (CAVV): línea 24/7 al 787-765-2285. El CAVV ofrece y coordina servicios médicos y psicosociales inmediatos para personas sobrevivientes de agresión sexual y violencia doméstica.
Centro Salud y Justicia de Puerto Rico: llamada o texto 24/7 al 787-337-3737 para orientación y acceso a servicios para personas que han pasado por una experiencia de violencia sexual.
Oficina de la Procuradora de las Mujeres (OPM): línea de orientación al 787-722-2977.
Policía de Puerto Rico, Línea de orientación a víctimas de delitos sexuales: 787-343-0000, disponible 24/7.
Línea PAS de ASSMCA: 9-8-8, 1-800-981-0023 o chat, disponible 24/7 para apoyo emocional y consejería en crisis.
Orientación legal gratuita: el Poder Judicial mantiene un directorio de servicios legales gratuitos, y Ayuda Legal Puerto Rico ofrece asistencia en vivo por chat de lunes a viernes de 9:00 a.m. a 5:00 p.m.
Coordinadora Paz para las Mujeres (“Paz para la Mujer”): mantiene un Directorio de Ayuda con líneas de orientación 24/7, albergues y centros de servicio por región, útil para encontrar apoyo cercano y opciones de seguridad. También puedes comunicarte con su oficina al 787-281-7579 (lunes a viernes).




