Foto del archivo de Ana María Abruña Reyes
He estado en un canal de televisión cuando una sobreviviente decide, por primera vez, contar su historia frente a una cámara. He visto sus manos temblar antes de que se encienda la luz roja, las preguntas que practica en silencio y ese momento en que respira profundo antes de comenzar.
También he visto lo que ocurre cuando ese testimonio se cuenta bien: cambia percepciones, moviliza voluntades, genera solidaridad y abre puertas que, muchas veces, ningún dato logra abrir por sí solo.
No voy a negar ese poder. Pero trabajar en comunicaciones me ha enseñado algo esencial: no todo testimonio tiene que convertirse en contenido y no toda sobreviviente tiene que convertirse en portavoz de una causa.
Cuando una historia de trauma se maneja sin sensibilidad, preparación o límites claros, comunicar puede convertirse en otra forma de exposición. Incluso puede volver a herir a quien ya ha sido herida.
Recuerdo una entrevista en la que, en vivo, le preguntaron a una madre: “¿Por qué no se fue antes?”. Una pregunta de apenas cinco palabras que cargaba sobre sus hombros todo un juicio. Quizás no hubo mala intención. Muchas veces lo que existe es desconocimiento o una mirada que todavía responsabiliza a la víctima por decisiones que tomó mientras intentaba sobrevivir.
Precisamente ahí comienza nuestro trabajo como profesionales de la comunicación.
Nuestro rol no puede limitarse a conseguir una historia que emocione, coordinar una entrevista y celebrar varios minutos de televisión. También tenemos que preguntarnos qué ocurrirá con esa persona antes, durante y después de que las cámaras se apaguen.
Más allá del consentimiento
Conseguir un testimonio nunca debería ser la meta. La meta debe ser crear las condiciones para que, si una persona decide contar su historia, pueda hacerlo de manera informada, segura y con control sobre su propia narrativa.
Eso implica evaluar el medio, conocer quién realizará la entrevista, conversar previamente sobre el enfoque e identificar preguntas innecesariamente invasivas. También significa dejar claro que la sobreviviente puede decidir qué contar, qué no contar, cuándo detenerse e incluso cambiar de opinión.
Aceptar una entrevista no significa aceptar todas las preguntas. Dar consentimiento para contar una parte de una historia tampoco significa entregar el derecho sobre la historia completa.
Y hoy existe otra realidad importante y es la permanencia digital. Una entrevista puede permanecer durante años en redes sociales, YouTube y buscadores. Lo que para una organización representa una publicación exitosa, para una sobreviviente puede convertirse en algo que reaparezca cada vez que alguien busque su nombre.
Mi crítica no va dirigida a un periodista, medio u organización en particular. Mi señalamiento es hacia un sistema —organizaciones, medios, profesionales de comunicación, agencias, financiadores e incluso audiencias— que, en ocasiones, parece medir el valor de una causa por cuánto dolor logra exhibir.
Como si para demostrar que un problema existe necesitáramos una mujer llorando frente a una cámara.
Como si una cifra necesitara siempre un rostro.
Como si sin lágrimas no hubiera noticia.
Cuando esa lógica se vuelve costumbre, corremos el riesgo de convertir el dolor en una herramienta de comunicación. Le pedimos a una sobreviviente que cuente el peor momento de su vida para una entrevista, luego para una campaña y después para una actividad de recaudación.
Y aunque cada petición tenga una buena intención, debemos preguntarnos: ¿cuántas veces tiene una persona que reabrir una herida para que los demás entendamos que esa herida existe?
La solución no es silenciar las historias. Muchas sobrevivientes encuentran en contar su experiencia una forma de reclamar su voz, ayudar a otras personas, denunciar injusticias y transformar sistemas.
La diferencia está en quién tiene el control.
Una comunicación ética no utiliza a una sobreviviente para validar el mensaje de una organización. Construye el mensaje junto a ella, respetando su autonomía.
Ampliar la narrativa
También necesitamos ampliar nuestro repertorio narrativo. Podemos hablar de violencia de género sin mostrar constantemente el momento más doloroso de una mujer. Podemos contar los programas que funcionan, las comunidades que se organizan, las políticas que cambiaron y las mujeres que hoy estudian, trabajan, emprenden, crían y toman decisiones con mayor autonomía.
Podemos contar el después.
Por eso propongo que medios y organizaciones adopten protocolos mínimos para entrevistar a sobrevivientes, como acompañamiento, consentimiento informado, límites acordados, protección de información sensible y profesionales capacitados en enfoques informados por trauma.
Y antes de solicitar cualquier testimonio deberíamos hacernos una pregunta sencilla: ¿realmente necesitamos que esta persona vuelva a contar su trauma para comunicar nuestro mensaje?
Si la respuesta es no, encontremos otra manera de contar la historia.
Quienes trabajamos en relaciones públicas conocemos el enorme valor de una buena narrativa. Precisamente por conocer ese poder tenemos una responsabilidad mayor sobre cómo lo utilizamos.
No todo lo que genera engagement es ético.
No todo lo que emociona tiene que publicarse.
No toda historia que podemos contar necesariamente debemos contarla.
Habrá ocasiones en las que nuestro trabajo más responsable será decir, esta historia no necesita salir en cámara.
Porque comunicar también es cuidar.
Al final, una sobreviviente no nos debe su trauma para que podamos explicar una causa.
Su historia le pertenece.
Nuestro trabajo es asegurarnos de nunca olvidarlo.




