Type to search

A falta de pan, ChatGPT: ¿quién está educando sexualmente a nuestras juventudes?

Mientras la inteligencia artificial responde preguntas sobre sexualidad en segundos, Puerto Rico continúa debatiendo si nuestras juventudes deberían tener acceso a una educación sexual integral basada en evidencia

Hay una pregunta que muchas personas jóvenes en Puerto Rico ya no le hacen a nadie. No se la hacen a su mamá o papá. No se la hacen a sus maestros. No se la hacen a la doctora. Se la escriben, de madrugada, a una inteligencia artificial. Una pregunta sobre el consentimiento. Sobre una infección que les preocupa. Sobre por qué sienten lo que sienten. Sobre si su cuerpo es normal. Y reciben una respuesta inmediata, ordenada, en segundos y sin una sola ceja levantada.

Podríamos escandalizarnos. Podríamos preguntarnos qué le pasa a “esta generación”. Pero esa, una vez más, sería la pregunta equivocada. La pregunta verdadera no es por qué las juventudes están usando inteligencia artificial para aprender sobre sexualidad. La pregunta verdadera es por qué una herramienta tecnológica se ha convertido en uno de los espacios más accesibles para responder lo que deberían atender la educación, la salud pública y las políticas públicas. La inteligencia artificial no creó este vacío. Lo encontró. “A falta de pan, galleta”, dice el viejo refrán. “A falta de pan, ChatGPT”, dice la nueva realidad.

Cuando el silencio se convierte en política educativa

Durante décadas, en Puerto Rico, el silencio ha funcionado como pedagogía. Llevamos años atrapados en la misma discusión: si la educación sexual debe enseñarse, quién debe enseñarla y hasta dónde. Y mientras el debate se repite, las juventudes siguen creciendo, estableciendo relaciones y enfrentando preguntas complejas sobre sus cuerpos. Las preguntas no desaparecen porque las personas adultas decidan evitarlas en todo su adultocentrismo. Simplemente buscan otro lugar donde ser respondidas.

La evidencia local es contundente. Un estudio cualitativo de la Universidad de Puerto Rico documentó entre jóvenes de 18 a 25 años una ausencia de educación sexual en las escuelas públicas, el desconocimiento de las políticas públicas vigentes y, cuando estas existen, su incumplimiento. No es que la educación sexual se enseñe mal. Es que muchas veces, sencillamente, no se enseña.

Y las consecuencias no son abstractas. Puerto Rico cargó durante años con una de las tasas de embarazo adolescente más altas, y aunque hoy esa cifra baja —según el Informe Anual de Estadísticas Vitales: Nacimientos 2021-2023 del Departamento de Salud y el Instituto de Estadísticas de Puerto Rico—, esa reducción no se traduce en mejores condiciones para quienes la atraviesan, según un reportaje recientemente publicado (Sierra Gelpí, 2026). La maternidad adolescente sigue marcada por el estigma, la interrupción de los estudios y una red de apoyo desigual que, en muchos casos, depende más de iniciativas comunitarias que de una política pública articulada. Según la organización Proyecto Nacer, que lleva más de 26 años trabajando con madres y padres adolescentes en Puerto Rico, la mayoría de estos jóvenes abandonó la escuela en noveno grado y, en el 38% de los casos, el embarazo fue la razón principal, sin que se garantizaran los derechos que ya les reconoce la Ley 220 de 2004 (Sierra Gelpí, 2026). Menos embarazos, por sí solo, no significa más educación ni más autonomía ni más derechos.

Mientras tanto, el debate legislativo de los últimos años —con proyectos que intentan dejar la educación sexual exclusivamente en manos de madres, padres y tutores, y cartas circulares cuestionadas desde el púlpito— demuestra que el sistema sigue discutiendo si abrir la puerta, mientras la juventud ya entró por otra. Porque cuando una institución no llena un vacío, lo llena lo que esté disponible. Y hoy lo disponible se llama inteligencia artificial.

Un asunto de disponibilidad y no de preferencia

Conviene desmontar una idea que se ha vuelto cómoda, porque sirve para justificar la ineficiencia y la falta de acción de nuestros sistemas y de las personas adultas a cargo de la educación sexual. Las juventudes no usan inteligencia artificial porque la prefieran sobre una buena clase de educación sexual. La usan porque está ahí, porque responde de inmediato, porque es gratuita y, sobre todo, porque no juzga.

No hay miradas incómodas. No hay sermones. No hay gritos. Y, sobre todo, no hay exposición a la ridiculización de familiares ni de pares. No hay que poner en público una duda que puede sentirse profundamente personal. Cuando alguien teme el juicio en su casa, no encuentra información confiable en la escuela y desconfía de profesionales o familiares, una pantalla que contesta sin escandalizarse puede sentirse como el único lugar seguro para preguntar.

Los datos disponibles —en su mayoría de Estados Unidos, porque en Puerto Rico todavía no medimos esto, y esa ausencia de cifras locales ya es parte del problema— apuntan en una dirección clara. Una encuesta del Pew Research Center halló que el 64% de los adolescentes (de 13 a 17 años) utiliza chatbots de inteligencia artificial, y tres de cada diez lo hacen a diario. Un estudio, publicado por investigadores de Brown, Harvard y RAND, encontró que más de uno de cada ocho jóvenes de 12 a 21 años ya recurría a estas herramientas para pedir consejo sobre su salud mental; otro estudio más reciente situó esa cifra en casi uno de cada cinco. Más del 60 % de quienes buscan ese tipo de ayuda no se lo han dicho a nadie.

Cuando miramos específicamente la sexualidad, el patrón se confirma. Una encuesta realizada por Testing, en enero de 2026, a 2,520 adultos jóvenes de 18 a 29 años, en Estados Unidos, encontró que el 41% le ha pedido consejo médico a un chatbot, y que el 20% lo ha consultado sobre infecciones de transmisión sexual; 1 de cada 10 llegó a usarlo para intentar diagnosticar o descartar una infección. ¿Las razones para usar la herramienta? El 35% dijo sentirse más cómodo hablando de su salud sexual con un chatbot que con un profesional de la salud. Y el detalle que debería encender todas las alarmas llega después. Entre quienes se hicieron pruebas médicas tras consultar a la IA, cerca del 31 % descubrió que la evaluación del chatbot había sido incorrecta. En el Reino Unido, una encuesta de Plan International halló que 1 de cada 10 jóvenes de 16 a 25 años ha recurrido a la inteligencia artificial para informarse sobre salud sexual —unas 700,000 personas—, justo mientras su currículo de educación sexual está bajo revisión.

La IA no es una enemiga, pero tampoco una experta

En el debate público suele aparecer una falsa dicotomía: o defendemos la inteligencia artificial o la rechazamos. La realidad es más incómoda y más interesante. Estas herramientas pueden organizar información, abrir conversaciones difíciles y acercar recursos a quienes enfrentan barreras económicas o geográficas. Pero tienen un límite que, cuando hablamos de sexualidad, puede volverse peligroso. Y es que pueden equivocarse con una seguridad absoluta.

Una inteligencia artificial puede “alucinar”. El término no es mío; así se le llama en la literatura científica a las respuestas que parecen plausibles, suenan convincentes y, sin embargo, contienen información fabricada. Y no se trata de fallas marginales. Un estudio del Mount Sinai encontró que, sin medidas de seguridad, los chatbots inventaron enfermedades, valores de laboratorio y signos clínicos falsos en hasta el 83% de los casos simulados, y muchas veces ampliaban el error con explicaciones detalladas y confiadas. Otro análisis de cinco chatbots populares, publicado en BMJ Open, concluyó que la mitad de las respuestas médicas eran problemáticas.

Pensemos qué significa eso en el terreno de la sexualidad. Una recomendación incorrecta sobre anticoncepción, sobre una infección de transmisión sexual, sobre consentimiento o sobre dinámicas de violencia no es un error de trivia. Es una decisión real, sobre un cuerpo real, con consecuencias reales. Y hay un detalle que lo vuelve todo aún más delicado. Para conseguir ese autodiagnóstico, las personas no solo describen síntomas: entregan información profundamente íntima. En esa misma encuesta, más de la mitad de quienes pidieron ayuda para diagnosticar una infección compartió fotografías con el chatbot —imágenes íntimas, explícitas, desnudos— además de detalles de su actividad sexual reciente (Testing.com, 2026).

Esas imágenes no llegan a un expediente médico protegido por confidencialidad: llegan a una plataforma privada sobre la que la persona no tiene ningún control. Y cuando quien lo hace es una persona menor de edad  y nada en estas plataformas se lo impide de manera efectiva, el asunto deja de ser de privacidad para convertirse en uno de protección de la niñez.

Y aquí está el nudo del asunto: una persona que no recibió educación sexual integral tampoco recibió las herramientas para distinguir cuándo la información es confiable y cuándo es una alucinación persuasiva. Sin criterio, asumimos por cierto todo lo que la máquina nos entrega. La inteligencia artificial puede generar respuestas. Lo que no necesariamente puede generar es criterio. Y esa diferencia lo es todo.

La importancia de la alfabetización mediática

Durante años se insistió en que el problema era la falta de acceso a la información. Hoy vivimos lo contrario: la información está en todas partes. La pregunta ya no es cómo acceder a ella, sino cómo distinguir entre lo confiable y la desinformación, cómo reconocer un sesgo, cómo cuestionar una respuesta antes de asumir que es correcta.

La alfabetización mediática y digital dejó de ser un lujo para convertirse en una competencia básica de supervivencia. Y debe entenderse como parte de una educación sexual integral contemporánea, no como un anexo técnico. Porque la educación sexual nunca fue solo anatomía y prevención. Es pensamiento crítico, comunicación, toma de decisiones informadas y la capacidad de navegar un mundo cada vez más complejo. Hoy ese mundo incluye algoritmos.

Esto no es demonizar la tecnología. La inteligencia artificial puede ser un punto de partida útil: hay proyectos como Roo, el chatbot de salud sexual de Planned Parenthood, diseñado específicamente para contestar dudas que muchas personas jóvenes tienen miedo de decir en voz alta. El problema no es que exista la herramienta. El problema es que se convierta en el único lugar donde alguien aprende sobre su cuerpo, sus relaciones y sus derechos.

El resto del mundo ya entendió hacia dónde hay que mirar. La UNESCO sostiene que la alfabetización mediática e informacional debe ser nuestra brújula en la era de la inteligencia artificial, y advierte que una porción significativa de los países aún no cuenta con una política nacional al respecto. La prueba PISA, que evalúa a estudiantes alrededor del planeta, incorporará a partir de 2029 un nuevo dominio dedicado precisamente a la alfabetización mediática y en inteligencia artificial: conciencia algorítmica y pensamiento crítico como destrezas evaluables. La pregunta es si Puerto Rico va a llegar a esa conversación o si va a llegar, como tantas veces, tarde.

El sistema también tiene que actualizarse

Sería injusto, y a la vez muy cómodo, cerrar este texto pidiéndole a la juventud que aprenda a usar mejor la inteligencia artificial, como si la responsabilidad fuera individual. Ese es el mismo truco de siempre: responsabilizar a la persona mientras se le retiran los recursos colectivos.

La verdad es que la velocidad con que adoptamos la tecnología superó hace rato la velocidad con que la regulamos y la enseñamos. Las herramientas nuevas aparecen en cuestión de meses; los sistemas educativos tardan años en transformarse; las políticas públicas avanzan lento y los marcos regulatorios suelen llegar cuando la tecnología ya forma parte de la vida cotidiana. Tenemos niños, adolescentes y personas adultas adaptándose a estas plataformas mucho más rápido de lo que el país se adapta al monitoreo y a las protecciones que podrían evitar tragedias. Y la ausencia de política pública nunca es neutral: también es una decisión. Por eso esto no es solo un asunto de alfabetización individual. Es un asunto de responsabilidad estructural. Urge que la educación y la legislación crezcan al ritmo de la tecnología, y no varias generaciones por detrás.

¿Puedes apoyar el periodismo feminista?

Nuestro trabajo de periodismo feminista es independiente y se sostiene, en gran parte, por el apoyo de nuestra audiencia. En tiempos en que los intereses antiderechos acechan nuestras libertades, el periodismo feminista es aún más pertinente. Puedes ayudarnos a fortalecerlo, con una aportación mensual o con un donativo, asegurando que todo nuestro contenido se mantenga accesible y gratis todo el tiempo, para todo el mundo.

Comparte este artículo:

¡APOYA NUESTRO TRABAJO!

HAZ TU APORTACIÓN MENSUAL

Haz una donación en

La profesora Margarita Mergal

Fallece Margarita Mergal, voz clave del feminismo puertorriqueño

Ruthie Arroyo Muñoz

Ruthie Arroyo Muñoz: décadas de lucha por la justicia reproductiva en Puerto Rico

Manifiesto de empoderamiento menopáusico

Manifestación en la víspera del 25 de noviembre de 2025

Los 342 nombres que en el Capitolio no quieren ver

Conferencia de prensa de Jornada se acabaron las promesas y Colectiva Feminista en Construcción denunciando carpeteo.

Organizaciones denuncian y repudian represión política en Puerto Rico

Zuleyka Morales Rivera

Regresa a casa Zuleyka Morales Rivera tras su participación en la Flotilla de la Libertad hacia Gaza

Exigen intervención gubernamental en el retorno de puertorriqueña secuestrada por Israel

Hilda Guerrero en Comuna Caribe

Maternidades militantes: continúa la jornada por la justicia reproductiva

Foto de manifestación de personas LGBTQ+. Una persona levanta un cartel que dice quitar derechos no es libertad religiosa.

Denuncian como cruel e inhumana la eliminación de tratamientos hormonales para personas trans en plan Vital

Aborto Libre denuncia expresiones de secretaria de Justicia que criminalizan el aborto en el país

Victoria legal para las personas no binarias

“Existimos, resistimos, luchamos”: cientos marchan en protección de sus derechos